Todo eso pasó

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Foto: Dan Mumford, para AMC/IMAX 

La amistad, el amor y, sobre todo, la Fuerza eran lo único que nos unía. La alegría, la euforia surgidas tras la victoria en Endor sólo duraron el tiempo suficiente hasta que nos dimos cuenta de que el Imperio, si bien herido de gravedad, permanecía vivo y más peligroso que nunca. La caída de la segunda Estrella de la Muerte había mermado su poder militar significativamente, pero pronto, desde multitud de puntos alejados de la Luna Santuario y periféricos de la Galaxia comenzaron a llegar las fuerzas que nos hicieron pisar de nuevo el cenagoso suelo del miedo a la derrota, del pavor a esa opresión asfixiante contra la que ya llevábamos luchando demasiados años. El golpe del herido Imperio fue brutal.

La persecución de las fuerzas de la Rebelión comenzó en el exterior remoto de la Galaxia, donde los puestos avanzados de guerrilla apenas si tenían el apoyo de unos pocos fieles sedientos de libertad. Su caída fue fácil; los prisioneros, ninguno. El grito de dolor, de tristeza, de muerte, de miles de voces que se apagaron de golpe se pudo escuchar a incontables pársecs de espacio y tiempo. El sufrimiento se dibujaba en los rasgos de los muy escasos caballeros Jedi que aún caminaban entre las fuerzas rebeldes; sabían muy bien lo que estaba pasando y fueron los primeros en dar la voz de alarma y en planear una posibilidad de eludir la amenaza: la dispersión y la ocultación se preveían la única salida si se quería sobrevivir, como en los tiempos anteriores a la Batalla de Yavin, como en los tiempos en que los Jedi casi se extinguieron.

En un primer momento, a pesar de la alegría tras la victoria en Endor, cundió el desánimo. Nadie hubiera pensado que aquellas celebraciones se tornarían pronto en una huida desesperada de un Imperio que, poco a poco, cerraba su puño de hierro en torno a unos rebeldes que casi no tuvieron tiempo de reaccionar. Pronto, algunos líderes pudieron agrupar a pequeños grupúsculos de familias, soldados, pilotos, granjeros, médicos e intelectuales que sostenían entre ellos el peso de la memoria de una Rebelión que debía desaparecer, mimetizarse con aquellos a los que defendían y que, salvo vagos reportes, poco o nada sabían de lo que realmente ocurría más allá de las fronteras de su sistema. El éxodo había comenzado.

Por fortuna, Endor estaba alejado del cruel centro del renacido Imperio, algo que ofreció algún margen de maniobra a los nuevos líderes rebeldes surgidos tras la caída de Palpatine y el contraataque imperial. La Luna Santuario sirvió de forma inesperadamente eficaz como centro de operaciones para una Rebelión cansada y mermada en toda su estructura militar y, también, en su moral. Lentamente partieron los convoyes en una maniobra de dispersión que se extendió durante tres décadas. El plan era que, salvo unos pocos escogidos, ninguno de los grupos supiera dónde estaba el resto, que el desconocimiento fuera ese mecanismo de seguridad que mantuviera a todos a salvo de las fuerzas imperiales y el exterminio. Para ello, era fundamental que la Rebelión se diluyera y convirtiera el hecho de ser nómada en su forma de vida, esconder sus sentimientos en una suerte de voto de silencio, mantener el recuerdo de lo ocurrido mediante el susurro de unas historias que sostuvieran una futura nueva esperanza, convertir a la Fuerza en poco más que un conocimiento arcano más cercano a la magia que a la realidad, crear una leyenda en la que los Jedi eran como fantasmas de un pasado demasiado lejano y los Sith apenas el eco de una pesadilla casi olvidada.

Transcurrieron los días, los meses, las décadas y todo parecía sumergido en la calma. El olvido era la norma de los pocos que aún quedaban de aquellos tiempos, cansados y casi derrotados. El Imperio parecía haberse olvidado de ellos y, lentamente, sus hijos comenzaban a prosperar a base de ingenio y picaresca: contrabandistas, chatarreros galácticos, cazarrecompensas y amantes de los más diversos trapicheos abundaban por todos los rincones de la Galaxia, ignorantes de la pasada lucha de sus padres y centrados en sobrevivir día a día. Estar alejado del terror impuesto por la dictadura daba, paradójicamente, libertad para respirar, para vivir. Una libertad débil y falsa que, no sospechaban, estaba a punto de ser de nuevo cercenada: el Imperio, relajado tras los primeros años de caza de los rebeldes, volvía a despertar bajo el mando de nuevos y oscuros dirigentes conducidos por el odio y cuya única razón de ser era borrar de la historia lo ocurrido treinta años atrás, eliminar cualquier anhelo de futuro para una Rebelión que había mantenido los hechos en la frágil memoria colectiva como una mítica leyenda, divertida ficción para la mayoría, creída por unos pocos y soñada por algunos.

Pero las historias eran ciertas: las victorias de Yavin y Endor tuvieron lugar, la crueldad de Vader y el Imperio marcaron de dolor a toda la Galaxia, las Estrellas de la Muerte aún poblaban las pesadillas de muchos, planetas enteros cayeron y millones murieron. El Imperio lo sabía y lo temía, lo que motivó un rápido movimiento de búsqueda y destrucción de los que mantenían viva la cada vez más débil llama de la esperanza. La persecución comenzó de nuevo y el Lado Oscuro volvía a ser su brazo ejecutor. La tranquila vida de aquellas familias, soldados, pilotos, granjeros, médicos e intelectuales que respiraban en un forzado anonimato pronto se vio sacudida por un nuevo miedo que rememoraba el que ya sintieron, el que no pudieron borrar treinta años de aislamiento y errar forzado.

Algunos, pocos, caballeros Jedi, los únicos que pudieron seguir de cerca la evolución de la Oscuridad en el Imperio y asistieron al resurgir de los Sith y su escalada en el poder, viajaron ocultos por toda la Galaxia y comenzaron a formar pequeños grupos integrados por antiguos rebeldes o por sus hijos; la mayoría optó por mantener a sus descendientes alejados del conocimiento de la historia creyendo que eso les mantendría seguros, pero algunos no quisieron traicionar su memoria y la transmitieron como buenamente pudieron. La amistad, el amor y, sobre todo, la Fuerza volvían a ser lo único que nos unía, lo único que podía mantener esa nueva esperanza de un futuro libre y sin miedo. La paciencia era de nuevo el arma que podía lograr minar la descomunal fuerza del Imperio desde su cara más tenebrosa.

La oscuridad y la luz, como antaño, se verían de nuevo. La lucha de los viejos enemigos sería otra vez terrible y, quizás, definitiva. La Fuerza había despertado.

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