Autopromoción

Cuando tienes un blog con cierta visibilidad, como el que tengo en el periódico en el que trabajo, Redes y cacharros, debes aguantar una buena dosis de spam, comentarios fuera de tono y que entre en contacto contigo gente a veces interesante y otras no tanto. Anoche comenzó a seguirme en Twitter un tal @Davidgades, que justo después me envió estas dos menciones:

De entrada, se me ocurrieron un par de maldades, como que en lugar de decirme qué tengo que buscar en Google podría haberme puesto sin más el enlace a la aplicación, o que ser un gaditano en paro, teniendo en cuenta la última EPA, no tiene mérito ninguno. Obviamente, no le dije nada de eso. Me limité a darle las gracias por la recomendación.

Lo que sí hice fue cotillear un poco en su cuenta de Twitter. Tampoco fue una investigación muy dura: tiene cuenta desde hace sólo unos meses, sigue a 16 y le siguen 2. Y ha publicado (son cifras hasta anoche) 29 tuits. Entre esas 16 cuentas a las que sigue hay un par de sitios de descuentos, ofertas y cupones, varias cuentas de secciones y publicaciones sobre tecnología, una servidora y… Kiko Hernández, uno de esos que gritan tanto en Telecinco. El tipo en cuestión ha sido el destinatario de 11 de los 29 tuits que ha publicado, la mayoría de ellos relacionados con implantes de silicona para el pecho y Encarna Sánchez. Otros 10 de esos 29 tuits son para promocionar su app (sin contar los que me envió a mí). En realidad es el mismo tuit una y otra vez.

Sólo cambia el destinatario (ZoomNet, TVE, El País Tecnología, El Mundo Tecnología, La Sexta, Telecinco…), aunque parece que hasta ahora nadie le ha hecho demasiado caso. Luego le echaré un vistazo a la aplicación, a ver si puedo sacar algo de ahí.

Actualización: Al parecer el protagonista de esta historia leyó este post. Obviamente, no le gustó demasiado, porque me dejó este tuit y luego le puso un candado a su cuenta:

Fauna de internet: El ‘neotroll’

Casi todo el mundo se ha topado al menos una vez en su vida con un troll, ese individuo que normalmente amparándose en el anonimato entra en cualquier web o blog para poner a parir indiscriminadamente a su autor, algo que ha escrito o a la humanidad en general. Como buena criatura poco evolucionada, el troll se crece cuando alguien trata de llevarle la contraria y defender el honor del texto, de la web, del autor o de cualquiera que sea el asunto vilipendiado. Pero el troll, que pese a sus carencias es paciente y constante, continúa con sus ataques, hasta que desquicia a su oponente, que tal vez inició su defensa con corrección pero que con el transcurso de la batalla termina siguiendo al monstruo a su caverna. Por eso el mejor consejo que se puede dar a quien se vea en esta tesitura es el ya clásico Don’t feed the troll.

A diario me encuentro con cientos (literalmente, me temo) de individuos de este tipo en el periódico en el que trabajo, como he comentado en alguna ocasión, e incluso aquí, un sitio tan discreto que ni siquiera es frecuentado por estos monstruos, hemos tenido algún ejemplo de trollismo, así que estoy acostumbrada a ellos, aunque toda mi experiencia no bastó para enfrentarme a mi primer neotroll, un nuevo tipo de criatura que, como evolución de los anteriores, presenta algunas características comunes, si bien también incluye otras nuevas y desconcertantes.

El neotroll, movido sólo por el mismo afán puramente destructivo de su ancestro, carece sin embargo de su perseverancia. Lanza su ataque y espera respuesta. Si no se produce en el lapso de tiempo que juzga oportuno (a la luz de los ejemplos estudiados parece que tampoco ha heredado la paciencia de su antepasado), busca rápidamente otro objetivo y se olvida para siempre de su víctima anterior.

Pero lo más llamativo de estos nuevos especímenes es que lanzan ataques indirectos. No recurren a la ofensiva frontal (aun cuando sea ese su fin último), y en lugar de dejar un comentario en el artículo objeto de su ira que diga algo del tipo “Este texto es una basura” o “Eres tonto” (dirigido a su autor) o incluso dirigirse en Twitter a dicho autor para decirle directamente que es tonto o su artículo una basura, se limitan a soltar en su Twitter, por ejemplo, un mensaje del tipo “El artículo que ha escrito @menganito es una basura” (“es una basura” es sólo un ejemplo que no refleja en absoluto la complejidad del pensamiento del neotroll, que escribirá una perla que simultáneamente muestre su desprecio por el texto/autor y manifieste su absoluta superioridad sobre él), con el convencimiento de que el aludido lo verá en su apartado de menciones y responderá adecuadamente a la provocación, circunstancia que el neotroll aguarda con una batería de ingeniosos tuits con los que irá minando el ánimo de su contrincante.

Tras esta larga introducción, necesaria, sin embargo, para catalogar adecuadamente al espécimen, veamos ahora un caso práctico.

El otro día publiqué en Redes y cacharros un post con recomendaciones, buenas y malas prácticas en Twitter con el que cerraba el tutorial que he ido publicando allí. El artículo funcionó bastante bien, la verdad, y recibió unos cuantos comentarios, todos ellos positivos (uno de ellos me hizo especial ilusión, pero no es plan de ponerme -más- en ridículo). En Twitter recibió un par de tuiteos y retuiteos, también positivos, salvo éste:

Para empezar, no me llamo así, como bien indica mi firma bajo el título del post. Carranza no es mal apellido, incluso tiene una sonoridad agradable, pero no es el mío. Lo de que no tengo ni idea de Twitter lo dejaré a criterio de quien lea el artículo (debo admitir que durante una fracción de segundo pensé que la había cagado y que merecía el escarnio). Como nadie respondió a su provocación, abundó en la idea, con este ingenioso tuit:

Entonces sí recibió respuesta. De mi jefe, concretamente:

Y no hay nada que más le guste al neotroll (como a su antecesor) que una respuesta, así que siguió al ataque:

Yo no diría que el lugar en el que iba (un bolito en la columna estrechita de la portada y en la zona media-baja) sea ir destacado, y desde luego no abría la portadilla de Tecnología. En Occidente solemos leer de izquierda a derecha. Esto iba a la derecha, luego de ningún modo abría la portadilla. Pero ese error puede cometerlo cualquiera, supongo. Y sigo sin apellidarme Carranza. Mi jefe volvió a contestar:

La verdad es que no me gustó lo de “trabaja para mí”. Con “trabaja conmigo” habría bastado. Obviamente, no sabe lo de mis dos cuentas ni que sólo una de ellas es pública, ni que hace tiempo que no ve lo que escribo en la privada.

Al leer eso (ya empezaban a dolerme los ojos por las erratas y el desprecio por las tildes) pensé que me dejaría un mensaje, privado o no, en mi Twitter, pero no ocurrió así. Eso habría alterado uno de los principios por los que se rige todo neotroll: no iniciar nunca el contacto directo, que sea el otro el que empiece a hablarle a él. También recordé que en el artículo incluía un enlace a mi cuenta pública de Twitter. Igual su desagrado le impidió seguir leyendo hasta ese punto…

A lo que mi jefe le contestó, con toda la razón, que me dejase un comentario para explicármelo en lugar de hacer publica (qué dolor de ojos) su desacuerdo. Eso no le gustó:

Mi jefe volvió a contestar, con todo el arte:

Y como se quedó sin respuestas, volvió a su objetivo principal: yo:

Decía arriba que uno de los rasgos del neotroll es su inconstancia, y este individuo es buena prueba de ello. Como no recibió respuesta, se olvidó del tema y a otra cosa.

Pero a mí me hizo tanta gracia su ingenio que decidí mirar quién era este tipo, así que le eché un vistazo a su cuenta de Twitter. Yo necesité bastante menos de tres minutos. Será que leo más rápido, porque mi segunda cuenta es bien cortita por ahora. Dado que incluye su nombre real, una simple búsqueda en Google desvela enseguida su página en Facebook y en Linkedin, entre otras cosas que darían para algún que otro comentario, pero como esto va de Twitter, me centraré en eso.

Su biografía consta de un escueto “Periodista y lo que surja…”. No empezamos bien. La página web que incluye es la de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, lo que le quita unos cuantos puntos porque ya dije que no tengo demasiada estima a ese departamento, y otro puñado más porque implica que se presenta como trabajador de dicha Consejería y, hasta cierto punto, como su representante, o eso es lo que da a entender si dice que esa es su web.

[Actualización: La web que indica en su perfil ya no es la de Salud, sino su perfil de Spotify.] Un somero repaso a sus tuits desvela, además, que la mayor parte de ellos son publicados en horas laborables y prácticamente ninguno tiene que ver con ninguna tarea que pueda desempeñar en la Administración pública, así que, siendo un poco mal pensada, podría decirse que tuitea sobre cosas personales desde una conexión y un equipo pagados por los andaluces y durante el tiempo por el que los andaluces le pagan para que trabaje en la Consejería de Salud. ¿Soy cruel? Probablemente, pero esa es una de las cosas que pasan cuando rellenas sin criterio tu perfil en Twitter.

Al echar un vistazo a sus listas de seguidos y seguidores, veo que sigue a 456 personas (o cuentas) y que sólo le siguen 222. Muchos de estos últimos son bots de los que solemos limpiar de nuestras cuentas, por mucho que ayuden a inflar nuestro número de seguidores. El desequilibrio entre ambas cifras me da alguna pista sobre lo que habría podido molestarle del post (hasta ahora no me lo ha dicho, ni en el blog ni en Twitter, supongo que porque se expone a que le responda), y creo que podría ser este párrafo:

(…) el tema del equilibrio entre seguidores y seguidos (…). Lo ideal es mantener una cifra equiparable de unos y otros, grosso modo. No queda bien seguir a muchos más de los que nos siguen, ni viceversa. Lo primero se asocia a spammers y gente desesperada en general a la que nadie quiere seguir. Lo segundo, con expertos, famosos y, sobre todo, medios de comunicación, más interesados en emitir que en recibir o comunicarse sin más, aunque siempre hay excepciones”.

¿Se habrá sentido aludido?

Mis dos cuentas de Twitter

Protegí mi cuenta de Twitter el día que mi jefe empezó a seguirme desde las cuentas de todos los periódicos del grupo en el que trabajo. Iba a hacerlo con todos los redactores que tenían Twitter, me dijo. Le respondí que no me gustaba. “¿Tienes algo que ocultar?”, preguntó. Le dije que no, que no tenía nada que ocultar, pero que mi cuenta de Twitter formaba parte, al igual que este blog y la mayor parte de lo que hago en la Red, de mi vida personal, no de la profesional, y que quiero, en la medida de lo posible, mantener ambas separadas. “Bueno, no hay mucho que puedas hacer al respecto”, replicó. Volví a mi sitio, cerré mi cuenta y bloqueé a todos los seguidores no deseados.

Hace un tiempo, no recuerdo si fue el Wall Street Journal o el Washington Post el que obligó a sus redactores a hablar siempre, no importaba la plataforma que utilizasen o si lo hacían o no en su tiempo laboral, en nombre del periódico para el que trabajaban. Eso les impedía manifestar opiniones personales (políticas, religiosas y hasta deportivas) en general, particularmente si contravenían la línea editorial del diario.

Entiendo que en determinados casos debes tener cuidado con ciertas cosas porque quienes busquen atacar a tu medio (u organización o lo que sea) lo harán a través de ti si pueden (el caso Vigalondo es un ejemplo de esto), pero esa política me parece una imperdonable intromisión en la vida privada de dichos redactores, porque implica que pertenecen al medio y que no tienen otra voz que la que él les presta, y eso es un disparate, especialmente en los tiempos que corren, en los que afortunadamente los medios oficiales no tienen ya el monopolio de la información, la opinión y, en general, de la esfera pública.

A mí no me dijeron nada de esto, pero inevitablemente que tu jefe o tu empresa siga una cuenta que usas sobre todo de modo personal no es a priori agradable. Ni a mi jefe ni a mi empresa le importa de qué equipo de fútbol soy, si me estoy descargando una serie, si voy a hacer la compra o si estoy compartiendo tonterías con cualquier amigo. No es asunto suyo y no quiero que lo sea, por mucho que haya quien piense que tengo algo que ocultar.

Sin embargo, un tiempo después admití que, siendo una periodista que trabaja en un medio digital y que escribe un blog sobre tecnología, igual era una buena idea que la gente pudiese encontrarme en Twitter, así que decidí abrirme otra cuenta, esta con mi nombre real (bueno, más o menos), con una biografía profesional y con un perfil también más oficial, por así decirlo, y con la foto de arriba, que mi santo esposo le hizo a un puesto de fruta en el Fisherman’s Wharf de San Francisco. Aún no sé qué uso le voy a dar ni si escribiré tan poco en esta como en la otra, porque aunque suelo entrar a diario, varias veces al día, me gusta más leer que escribir. Igual que en la vida real.