‘X-Men’: Xavier, Magneto y ‘Days of Future Past’

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No soy una lectora de cómics, nunca lo he sido. Mi principal problema con los cómics, como ya he escrito en alguna ocasión, es el formato, porque se me acaban demasiado rápido. Sin embargo, sí me gustan muchas de las historias que han salido de las páginas de los cómics y me han gustado muchas de las películas que se han hecho con ellas, especialmente las de superhéroes. No todas, claro, que basura hay en todas partes.

De entre las muchísimas películas sobre superhéroes que hay ahí fuera, guardo especial cariño por dos series: la de Los Vengadores (que empieza en Iron Man y termina ya veremos cuándo) y, sobre todo, la de los X-Men. Como no soy lectora de cómics, espero que me perdonéis que diga X-Men y no La Patrulla X. Los mutantes que conozco los conocí en la pantalla grande. Y lo que sé de ellos es lo que he visto en las hasta ahora siete películas que sobre ellos se han hecho, así que espero que también me perdonéis que mis comentarios se ciñan a ellas y no a las decenas de series de cómics que se han publicado hasta ahora.

Cuando hablamos de series, o franquicias, las historias que más me suelen gustar son las iniciales, las que presentan al personaje y, en su caso, su camino hacia aquello en lo que está destinado a convertirse, ese momento de bildungsroman que hay en toda historia sobre héroes (y también villanos, porque sin un buen villano no hay héroe que valga) antes de que se desate el apocalipsis de turno. En la serie de Los Vengadores hay varios de esos relatos (los de Iron Man, Thor o el Capitán América), que confluyen después en la película que los reúne a todos.

En la serie cinematográfica de X-Men el patrón es algo diferente. Para conocer los orígenes de Logan y saber cómo se convierte en Lobezno tuvimos que esperar hasta Origins: Wolverine (de largo, el filme más flojo de toda la serie), y hasta First Class para saber cómo Charles Xavier y Erik Lensherr terminan siendo el Profesor X y Magneto y el nacimiento de esa amistad (ya rota) de la que ya llevábamos una década escuchándoles hablar en la pantalla.

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Tipología de jefes

Hay personas que no tienen ningún interés en ser jefe. No quieren decirle a nadie lo que tiene que hacer, ni responsabilizarse por el trabajo de otros ni, en general, tener que aguantar a nadie. Quieren llegar, hacer su trabajo y marcharse al terminar. Y que les dejen tranquilos.

Hay otras personas que sí quieren ser jefes. Entre éstas, suelo distinguir dos tipos principales: las personas que tienen una idea de cómo creen que deberían hacerse las cosas y quieren alcanzar un puesto de poder para hacer realidad esa visión y las que quieren, sin más, ser Jefes (sí, con mayúscula). Los Jefes no suelen tener visión alguna, más allá de cómo quieren que sea su propia vida: con mejor posición, mejor sueldo, mejores y más relajados horarios, menor carga de trabajo y, sobre todo, con poder para decirles a los demás qué es lo que tienen que hacer y qué no. Porque a éstos sí les gusta mandar.

Ya dije en el artículo anterior que de El rey pálido se podían extraer unas cuantas citas relacionadas con el mundo laboral. Hoy rescato una sobre los jefes, sobre los distintos tipos de jefes, entre ellos los que actúan como se supone que deben hacerlo los que mandan o los que podríamos llamar jefes-colegas. A estos dos los englobaría en el grupo de los Jefes del que hablaba más arriba. Pero David Foster Wallace habla además de los buenos administradores, que también los hay:

Para entonces yo ya llevaba bastante tiempo en la Agencia para entender que aquella era una cualidad que tenían los buenos administradores, el hecho de caer bien. No actuar de manera que cayeran bien, sino ser de esa manera. Nadie tenía nunca la sensación de que el señor Glendenning estuviera actuando, tal como hacen los administradores con menos talento, aunque sea actuando para sí mismos, por ejemplo actuando como tiranos porque en algún lugar de su interior tienen una imagen de que un buen administrador es un tipo duro y por tanto ellos intentan contorsionar sus personalidades para hacerlas encajar en esa imagen. O bien esos otros tipos afables del estilo «mi puerta siempre está abierta» que creen que un buen administrador tiene que ser amigo de todos y por esa razón se muestran muy abiertos y amigables aun cuando las responsabilidades de su cargo requieren que impongan disciplina entre la gente o que recorten presupuestos o que rechacen peticiones o que reasignen a gente a Examen o que hagan toda una serie de cosas que no son para nada amigables. Este tipo de administrador se ponía a sí mismo en una posición terrible, porque cada vez que tenía que hacer algo por el bien de la Agencia que fuera a doler o a cabrear a algún empleado, esa acción acarreaba la carga emocional adicional que sufre un amigo cuando jode a otro amigo, y a menudo el administrador se sentía tan incómodo por aquello y por sus lealtades divididas que para poder hacerlo tenía que enfadarse personalmente —o bien hacerse el enfadado— con el empleado, lo cual provocaba que el asunto se volviera personal de una forma inapropiada y se sumaba al dolor y al resentimiento del empleado jodido, y con el paso del tiempo esto socavaba por completo la autoridad del administrador, y muy pronto todo el mundo lo consideraba un falso y alguien que te apuñalaba por la espalda, que fingía ser amigo y colega tuyo pero que en realidad estaba dispuesto a joderte siempre que le apeteciera. Resulta interesante que estos dos estilos de administrador falso —el tirano y el falso amigo— sean también los dos estereotipos principales que usan los libros y las series de televisión y las viñetas cómicas para presentar a los administradores. Uno sospecha, de hecho, que la imagen mental que erige dentro de sí mismo el administrador inseguro se basa en parte en estos estereotipos de la cultura popular.

En otras palabras, el señor Glendenning podía escucharte porque no sufría esa creencia insegura de que escucharte y tomarte en serio era algo que lo vinculaba de ninguna manera, mientras que alguien esclavo de la imagen del tirano te trataría como a un ser indigno de su atención, y alguien esclavo de la imagen del colega sentiría que o bien estaba obligado a aceptar tu sugerencia para evitar ofenderte o bien tenía que darte una explicación exhaustiva de por qué tu sugerencia no se podía implantar o tal vez incluso entrar en alguna clase de debate sobre la misma, a fin de evitar ofenderte o quebrantar la idea de que él era de esos administradores que nunca tratarían la sugerencia de un subordinado como algo indigno de ser considerado en serio; o bien tendría que enfadarse a fin de anestesiar su incomodidad por no aceptar de buen grado la sugerencia que le había hecho alguien que él se sentía obligado a ver como un amigo y como un igual en todos los sentidos.

Seguro que os resulta familiar más de un detalle, como también esa necesidad que tienen los Jefes de, entre café y café, reunión y reunión y escaqueo y escaqueo, marcar territorio. Puede ser con un reproche (o bronca) absurdo (e incluso desproporcionado) o con una idea también absurda que a él le parece digna de un Premio Nobel.

Por supuesto, salvo que uno quiera también ser Jefe (en cuyo caso deberá aplaudir con entusiasmo la estupidez) o que lo despidan, debe guardarse su opinión sobre la ocurrencia. Y eso no siempre es fácil. En casos extremos a mí me reconforta acordarme de esta secuencia de Sherlock. Puede que a vosotros también os ayude:

Las series y la ‘piratería’

La otra mañana, al abrir Twitter, me encuentro con uno de esos tuits ante los que no sabes si dejar de seguir a quien lo ha publicado, contestar en plan troll o simplemente cerrar Twitter y no abrirlo más. Me incliné por una cuarta posibilidad: tratar de debatir con la autora de dicho tuit, educadamente. No hubo debate porque no me respondió, pero sí a otros de los mensajes que recibió. Con todos esos tuits he montado este Storify.

Ahí terminó la conversación, si es que se puede llamar a eso conversación, porque Belén Frías decidió apagar el Twitter por unas horas y seguir con su vida. Aunque en absoluto lo comparta, entiendo que su posición es la que le dicta su puesto de trabajo, y entiendo que defienda a su empresa y que ataque a quienes hacen subtítulos para series por gusto y sin cobrar un euro por ello y les llame, sin más, piratas. Incluso entiendo que defienda el discurso oficial de que la mal llamada piratería acaba con puestos de trabajo. (Lo de “La piratería destruye la industria audiovisual y nuestros trabajos” suena a consigna, la verdad)

Lo que no entiendo es que de verdad considere (imagino, de nuevo, que será la postura oficial de su empresa) que con estrenar las series al mismo tiempo (al día siguiente, creo, en ciertos casos) en un canal de pago sea suficiente para que la gente deje de buscar episodios y subtítulos en internet. Porque no lo es. Ni de lejos.

Hace años que dejé de tener tele de pago (nos costaba un dineral al mes y casi nunca veíamos nada porque estábamos siempre fuera), así que no sé si esa política de los canales españoles de pago de poner las series al día siguiente de que se emitan en EEUU ocurre durante toda la temporada o sólo con el primer capítulo de cada nueva tanda.

Pero supongamos que lo hacen durante toda la temporada. Al día siguiente, con subtítulos hechos por profesionales, revisados y ajustados hasta la última coma. ¿Dejaría entonces de descargarlos? No.

En Estados Unidos (y en el Reino Unido, por más que la mayoría de lo que vemos, al menos en casa, venga del otro lado del Atlántico) las series que seguimos las emiten en distintas cadenas, y también en España emiten lo que nos interesa en distintas emisoras. Y para tener acceso a todas no basta con un paquete básico de pago: hace falta uno completito, de esos que cuestan un dinerito todos los meses para terminar viendo, a lo sumo, tres o cuatro episodios a la semana, eso si los emiten, porque hay que tener en cuenta el parón del verano, el de navidades y las semanas que por béisbol, discursos de Obama o simples ajustes de calendario no se emiten las series que vemos. No compensa. (Y eso sin contar las británicas, que suelen ser de seis episodios o incluso de tres por temporada, como Sherlock).

Mucho menos si tenemos en cuenta que, en mi caso, nunca estoy en casa en prime time, horario en que se suelen emitir series y pelis de estreno. Puedo grabarlo, sí, pero es un paso adicional.

Admitámoslo: descargar series es un tostón. Hay que estar pendiente de calendarios de emisión, buscar los enlaces, esperar a que descargue, buscar subtítulos (esperar, en algunos casos, a que los terminen), comprobar que encajan bien (porque si no hay que buscar otros), pasarlo todo a la tele (sí, prefiero ver las cosas en la tele)… Un incordio. Habrá quien disfrute con todos estos procesos, pero no es mi caso. Pero no hay una buena alternativa, una oficial y cómoda. ¿Pagando? Si el precio es razonable y el servicio adecuado, por supuesto. Me habría encantado pagarle a todo el equipo responsable de Lost, y a Aaron Sorkin por The West Wing, y a Joss Whedon por Buffy (y Firefly), y me encantaría estar pagando ahora al equipo de Fringe, y a Russell T. Davis y Steven Moffat por Doctor Who, y a este último (y Mark Gatiss) por Sherlock

Sé que nadie (al menos nadie con poder) va a hacerme caso pero, señores distribuidores de series (esto se aplica al resto de la industria audiovisual), están a tiempo de cambiar las cosas y de hacer algo más que lloriquear por las esquinas (como esos editores de periódicos que se quejan de que hayan bajado las ventas en quioscos porque la gente lee los periódicos enteros gratis en internet; deje de ponerlo gratis en internet, está en su mano).

Se ha dicho muchas veces en muchos sitios, pero siguen sin darse por aludidos: dejen de preocuparse por quienes tienen síndrome de Diógenes audiovisual y acaparan películas, series, discos y libros, que probablemente nunca abrirán, como si no hubiera mañana. Esos no pasaban por caja cuando no había más opción que hacerlo si querías disfrutar de algo. Preocúpense de los que sí estamos dispuestos a gastar dinero en las cosas que nos gustan, en las que merecen la pena. Pero tampoco nos roben. No hagan como las editoriales, poniendo ebooks a 15 euros. Sean más listos.

[Tampoco me roben con formatos físicos, como ediciones de DVD a precios poco razonables que sólo incluyen los episodios -metan más cosas, muchas más- o, volviendo al ejemplo de los libros, no hagan como Gigamesh con Danza de Dragones]

Sé que hay unos cuantos sitios en los que se puede acceder de forma legal a series en España, pero la oferta, a mi gusto, es aún insuficiente. Yo quiero ver los episodios de las series que me interesan al día siguiente, en VO y con subtítulos, y no me importa pagar por ello, por tener cada mañana a mi disposición un episodio calentito, para verlo on line cuando se me antoje.

Y en cuanto al pago, piensen, por ejemplo, en bonos de temporadas completas de cada serie. Y no sólo las que están en emisión, sino también las que tengan unos años. Hagan la prueba, a ver qué tal. Si no funciona, y nadie se sube a ese tren, tienen mi permiso para clamar contra los piratas, internet y la santísima trinidad. Pero hasta entonces, no digan que “dan opciones al público”. Den, además, opciones razonables, hagan que sea más fácil y cómodo que andar buscando por internet lo que queremos ver. Yo me apuntaría a eso. Y seguro que muchos otros también.