‘La piedra lunar’ – Wilkie Collins (1868)

La piedra lunar / The Moonstone

“La mujer sobre la que se posaron mis ojos se hallaba a cargo de las labores domésticas de mi cabaña. Se llamaba Selina Goby. En lo que se refiere a la elección de la esposa, soy de la misma opinión que el difunto William Cobbett: “Trata de dar con una que mastique bien su alimento y que plante firmemente sus pies en el suelo al caminar y todo irá bien”. Selina Goby reunía esas dos condiciones, lo cual fue un motivo para que me casara con ella. Hubo también otro que pesó por igual en mi decisión, pero éste, de mi propia cosecha. Siendo Selina soltera, tenía yo que pagarle cada semana por la comida y los servicios que me prestaba. Siendo mi esposa no podía cobrarme la pensión y tendría que servirme por nada. Ésa fue la manera como encaré yo el asunto. Economía… con una pizca de amor”.


“Formamos una pareja que no llegó a ser ni feliz, ni infortunada. Nos hallábamos constituidos, cada cual, por seis porciones de nosotros mismos y media docena de porciones del otro ser. A qué se debía ello, no puedo explicármelo, pero lo cierto es que ambos parecíamos estar siempre, por algún motivo, cruzándonos en nuestros caminos. Cuando yo sentía necesidad de dirigirme escaleras arriba, he aquí que mi esposa descendía por ella, o bien, cuando ella sentía necesidad de bajar, he aquí que yo ascendía. En eso consiste la vida matrimonial, según mi experiencia.

Después de cinco años de malentendidos en torno a la escalera, le plugo a la Providencia, toda sabiduría, venir en nuestro auxilio para llevarse a mi esposa”.

“Catedral”, de Raymond Carver

Catedral de Barcelona

Foto: Claustro de la Catedral de Barcelona

“Se habían casado, habían vivido y trabajado juntos, habían dormido juntos —y hecho el amor, claro— y luego el ciego había tenido que enterrarla. Todo esto sin haber visto ni una sola vez el aspecto que tenía la dichosa señora. Era algo que yo no llegaba a entender. Al oírlo, sentí un poco de lástima por el ciego. Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama. Una mujer que se ha pasado día tras día sin recibir el menor cumplido de su amado. Una mujer cuyo marido jamás ha leído la expresión de su cara, ya fuera de sufrimiento o de algo mejor”.

El de arriba es uno de mis fragmentos favoritos del cuento “Catedral”, de Raymond Carver, incluido en una colección publicada en 1983 y que lleva por título el de ese relato. No es, desde luego, el mejor fragmento (la parte final es mucho mejor) y, por mucho que me guste, ni siquiera sirve para ilustrar cómo es el protagonista, que justo después dice esto otro:

“Una mujer que podía ponerse o no maquillaje, ¿qué más le daba a él? Si se le antojaba, podía llevar sombra verde en un ojo, un alfiler en la nariz, pantalones amarillos y zapatos morados, no importa. Para luego morirse, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos llenos de lágrimas —me lo estoy imaginando—, con un último pensamiento que tal vez fuera éste: «él nunca ha sabido cómo soy yo», en el expreso hacia la tumba. Robert se quedó con una pequeña póliza de seguros y la mitad de una moneda mejicana de veinte pesos. La otra mitad se quedó en el ataúd con ella. Patético”.

Esto sí define mucho mejor al narrador homodiegético que sirve al lector de guía en la corta pero intensa acción del relato. Un narrador seco, distante, irónico, que bordea la descortesía en su trato al invitado que desencadena la trama y que apenas disimula su fría relación con su mujer, a la que ni entiende ni se esfuerza en entender. Carver retrata con su habitual prosa directa, económica y desprovista de artificios a un protagonista con el que no es nada fácil empatizar, cargado de prejuicios y cerrado por completo al mundo, mucho más ciego que el amigo invidente al que su mujer ha invitado a cenar.

Aunque en la vida real sea difícil que las personas cambien, la magia de la ficción puede obrar maravillas en los personajes. También en individuos como éste, que en pocas páginas y gracias a su invitado (el arquetípico extraño que altera el statu quo inicial de los protagonistas) vivirá una de esas transformaciones vitales (o epifanías) que lo arrasan todo a su paso. Pero no sabemos el alcance de ese cambio. Carver pone punto final al cuento sin responder qué pasa después. Supongo que prefirió dejarlo en manos del lector.


Podéis leer el relato completo en español aquí. Y en inglés en este otro enlace.