‘X-Men’: Xavier, Magneto y ‘Days of Future Past’

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No soy una lectora de cómics, nunca lo he sido. Mi principal problema con los cómics, como ya he escrito en alguna ocasión, es el formato, porque se me acaban demasiado rápido. Sin embargo, sí me gustan muchas de las historias que han salido de las páginas de los cómics y me han gustado muchas de las películas que se han hecho con ellas, especialmente las de superhéroes. No todas, claro, que basura hay en todas partes.

De entre las muchísimas películas sobre superhéroes que hay ahí fuera, guardo especial cariño por dos series: la de Los Vengadores (que empieza en Iron Man y termina ya veremos cuándo) y, sobre todo, la de los X-Men. Como no soy lectora de cómics, espero que me perdonéis que diga X-Men y no La Patrulla X. Los mutantes que conozco los conocí en la pantalla grande. Y lo que sé de ellos es lo que he visto en las hasta ahora siete películas que sobre ellos se han hecho, así que espero que también me perdonéis que mis comentarios se ciñan a ellas y no a las decenas de series de cómics que se han publicado hasta ahora.

Cuando hablamos de series, o franquicias, las historias que más me suelen gustar son las iniciales, las que presentan al personaje y, en su caso, su camino hacia aquello en lo que está destinado a convertirse, ese momento de bildungsroman que hay en toda historia sobre héroes (y también villanos, porque sin un buen villano no hay héroe que valga) antes de que se desate el apocalipsis de turno. En la serie de Los Vengadores hay varios de esos relatos (los de Iron Man, Thor o el Capitán América), que confluyen después en la película que los reúne a todos.

En la serie cinematográfica de X-Men el patrón es algo diferente. Para conocer los orígenes de Logan y saber cómo se convierte en Lobezno tuvimos que esperar hasta Origins: Wolverine (de largo, el filme más flojo de toda la serie), y hasta First Class para saber cómo Charles Xavier y Erik Lensherr terminan siendo el Profesor X y Magneto y el nacimiento de esa amistad (ya rota) de la que ya llevábamos una década escuchándoles hablar en la pantalla.

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El método de sir Ian

No he visto un solo episodio de The office british version, y lo poco que he visto de la variante norteamericana no me ha gustado demasiado (llamadme simple, pero siempre espero reírme cuando veo una comedia, y no es el caso), así que no pertenezco a esa legión de seguidores con que cuenta en todo el mundo Ricky Gervais, pero eso no me ha impedido acercarme a la otra serie del actor y guionista británico, Extras, que ahora se emite en La Sexta después de Buenafuente.

Precisamente esa coincidencia me ha acercado a esta serie centrada en las vicisitudes de Andy Millman, un eterno extra de cine cuyas intervenciones suelen quedarse en la sala de montaje, por mucho que se pavonee como si fuera un verdadero actor (en Espoiler tenéis un análisis más extenso, por si os interesa saber más).

Pero uno de los atractivos de Extras es la presencia de estrellas invitadas en cada capítulo, que van desde Ben Stiller a Samuel L. Jackson, pasando por Kate Winslet, un Daniel Radcliffe obsesionado con perder la virginidad, o sir Ian McKellen, cuyo camino se cruza con el protagonista cuando Andy, cansado ya de la popular pero mediocre serie que dirige y protagoniza en la BBC, anda a la caza de un papel de prestigio que pruebe que es algo más que un gesticulante y algo ridículo cómico televisivo.

Sir Ian busca reparto para una obra suya, y allí se encamina Andy, con el que McKellen comparte su método: él simula ser esas personas que aparecen en la pantalla o en la escena. Él no es así, sólo lo interpreta. Tal cual, por muy absurdo que suene (y lo es). Y claro, Andy se queda estupefacto cuando sir Ian le cuenta que, cuando Peter Jackson le llamó para encarnar a Gandalf, él le preguntó si sabía que no era realmente un mago.

Pero lo que Andy no sabe es que la obra está centrada en la relación, a lo largo de varios años, entre dos hombres que por culpa de las convenciones sociales nunca han podido mostrar públicamente su amor. Pese a sus reticencias iniciales (cree que interpretar a un gay podría perjudicar sus aspiraciones de convertirse en una estrella), Andy acepta el reto, con una condición: que no haya un solo beso en la obra. McKellen acepta pero, cinco minutos antes del estreno, cambia de opinión y trata de convencer a un Andy en paños menores de la conveniencia de incluir un beso en el montaje, a cuyo estreno han acudido, para complicarlo todo aún más, sus viriles compañeros del colegio, a los que lleva tiempo sin ver y a los que no logra convencer de su heterosexualidad.