Cambios

Este sitio nació, allá por 2006, como un rincón en el que hablar de casi todo lo que se nos pasaba por la cabeza. Pese a su título original, Libros de Babel, inspirado por la Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges, por aquí hemos escrito mucho de cine, de series de televisión, de periodismo, de internet y también de libros. Con el tiempo, los artículos más personales los fuimos derivando hacia nuestro otro blog, San Eustaquio, creado en enero de 2008 para algo tan tonto como contar los preparativos para nuestra boda y que ahora acoge recetas, cuadernos de viajes y muchas otras cosas que nos pasan y queremos contar.

En este tiempo hemos cambiado unas cuantas veces de plantilla en Libros de Babel y hasta nos fuimos de Blogger a WordPress. Ha llegado el momento de hacer un cambio más.

Este sitio ya no se seguirá llamando Libros de Babel, sino Cosas de Babel (no es tan grave, ¿verdad?). Libros de Babel lo reservamos para otro proyecto que tenemos en cartera y que confiamos en que algún día pueda ver la luz.

Mientras eso ocurre, hemos puesto en marcha una avanzadilla en forma de una especie de servicio de distribución de noticias relacionadas con libros, librerías, autores, editoriales y todo lo que con ellos tenga que ver. Organizaremos todo eso en otro blog (librosdebabel.tumblr.com o, simplemente, librosdebabel.com) que tendrá también una página en Facebook y una cuenta de Twitter. Los contenidos de las tres plataformas serán similares, porque la idea es que quien quiera seguirnos lo pueda hacer en el servicio que prefiera, en el que tenga más a mano. Y, para quien quiera sólo un resumen de los contenidos más interesantes de la semana en su buzón de correo, también tenemos en marcha una newsletter.

Todo esto no alterará los contenidos de este blog (aunque hayamos cambiado, una vez más, de plantilla), en el que seguiremos hablando de cine, de series de televisión, de películas, de libros y de todo lo que nos apetezca escribir, sea corto, largo o más o menos popular. Por lo pronto tenemos dos series en marcha, Lost Rewatch y Un cuento a la semana, con las que amenazamos con continuar. Si queréis seguirnos, tanto aquí como en nuestra nueva aventura, sed bienvenidos.

Tipología de jefes

Hay personas que no tienen ningún interés en ser jefe. No quieren decirle a nadie lo que tiene que hacer, ni responsabilizarse por el trabajo de otros ni, en general, tener que aguantar a nadie. Quieren llegar, hacer su trabajo y marcharse al terminar. Y que les dejen tranquilos.

Hay otras personas que sí quieren ser jefes. Entre éstas, suelo distinguir dos tipos principales: las personas que tienen una idea de cómo creen que deberían hacerse las cosas y quieren alcanzar un puesto de poder para hacer realidad esa visión y las que quieren, sin más, ser Jefes (sí, con mayúscula). Los Jefes no suelen tener visión alguna, más allá de cómo quieren que sea su propia vida: con mejor posición, mejor sueldo, mejores y más relajados horarios, menor carga de trabajo y, sobre todo, con poder para decirles a los demás qué es lo que tienen que hacer y qué no. Porque a éstos sí les gusta mandar.

Ya dije en el artículo anterior que de El rey pálido se podían extraer unas cuantas citas relacionadas con el mundo laboral. Hoy rescato una sobre los jefes, sobre los distintos tipos de jefes, entre ellos los que actúan como se supone que deben hacerlo los que mandan o los que podríamos llamar jefes-colegas. A estos dos los englobaría en el grupo de los Jefes del que hablaba más arriba. Pero David Foster Wallace habla además de los buenos administradores, que también los hay:

Para entonces yo ya llevaba bastante tiempo en la Agencia para entender que aquella era una cualidad que tenían los buenos administradores, el hecho de caer bien. No actuar de manera que cayeran bien, sino ser de esa manera. Nadie tenía nunca la sensación de que el señor Glendenning estuviera actuando, tal como hacen los administradores con menos talento, aunque sea actuando para sí mismos, por ejemplo actuando como tiranos porque en algún lugar de su interior tienen una imagen de que un buen administrador es un tipo duro y por tanto ellos intentan contorsionar sus personalidades para hacerlas encajar en esa imagen. O bien esos otros tipos afables del estilo «mi puerta siempre está abierta» que creen que un buen administrador tiene que ser amigo de todos y por esa razón se muestran muy abiertos y amigables aun cuando las responsabilidades de su cargo requieren que impongan disciplina entre la gente o que recorten presupuestos o que rechacen peticiones o que reasignen a gente a Examen o que hagan toda una serie de cosas que no son para nada amigables. Este tipo de administrador se ponía a sí mismo en una posición terrible, porque cada vez que tenía que hacer algo por el bien de la Agencia que fuera a doler o a cabrear a algún empleado, esa acción acarreaba la carga emocional adicional que sufre un amigo cuando jode a otro amigo, y a menudo el administrador se sentía tan incómodo por aquello y por sus lealtades divididas que para poder hacerlo tenía que enfadarse personalmente —o bien hacerse el enfadado— con el empleado, lo cual provocaba que el asunto se volviera personal de una forma inapropiada y se sumaba al dolor y al resentimiento del empleado jodido, y con el paso del tiempo esto socavaba por completo la autoridad del administrador, y muy pronto todo el mundo lo consideraba un falso y alguien que te apuñalaba por la espalda, que fingía ser amigo y colega tuyo pero que en realidad estaba dispuesto a joderte siempre que le apeteciera. Resulta interesante que estos dos estilos de administrador falso —el tirano y el falso amigo— sean también los dos estereotipos principales que usan los libros y las series de televisión y las viñetas cómicas para presentar a los administradores. Uno sospecha, de hecho, que la imagen mental que erige dentro de sí mismo el administrador inseguro se basa en parte en estos estereotipos de la cultura popular.

En otras palabras, el señor Glendenning podía escucharte porque no sufría esa creencia insegura de que escucharte y tomarte en serio era algo que lo vinculaba de ninguna manera, mientras que alguien esclavo de la imagen del tirano te trataría como a un ser indigno de su atención, y alguien esclavo de la imagen del colega sentiría que o bien estaba obligado a aceptar tu sugerencia para evitar ofenderte o bien tenía que darte una explicación exhaustiva de por qué tu sugerencia no se podía implantar o tal vez incluso entrar en alguna clase de debate sobre la misma, a fin de evitar ofenderte o quebrantar la idea de que él era de esos administradores que nunca tratarían la sugerencia de un subordinado como algo indigno de ser considerado en serio; o bien tendría que enfadarse a fin de anestesiar su incomodidad por no aceptar de buen grado la sugerencia que le había hecho alguien que él se sentía obligado a ver como un amigo y como un igual en todos los sentidos.

Seguro que os resulta familiar más de un detalle, como también esa necesidad que tienen los Jefes de, entre café y café, reunión y reunión y escaqueo y escaqueo, marcar territorio. Puede ser con un reproche (o bronca) absurdo (e incluso desproporcionado) o con una idea también absurda que a él le parece digna de un Premio Nobel.

Por supuesto, salvo que uno quiera también ser Jefe (en cuyo caso deberá aplaudir con entusiasmo la estupidez) o que lo despidan, debe guardarse su opinión sobre la ocurrencia. Y eso no siempre es fácil. En casos extremos a mí me reconforta acordarme de esta secuencia de Sherlock. Puede que a vosotros también os ayude:

El aburrimiento en el trabajo

Con la crisis (aka “la que está cayendo”), los seis millones de parados (enhorabuena a los 31 que encontraron trabajo en agosto) y el mal rollo económico-social general se empiezan a extender peligrosamente estupideces como que “trabajar es un lujo” o que “hay que dar gracias por tener trabajo”, pero, con todos los derechos que nos han quitado ya y todos los que han sido salvajemente recortados, no podemos permitir que nos mutilen uno fundamental: el derecho a quejarnos de nuestro trabajo.

Quien dice trabajo dice también sueldo, condiciones laborales en general, jefes y otros idiotas que tengamos que aguantar, el sitio físico en el que desarrollamos nuestra labor y hasta el trayecto hasta llegar a él. Todo es susceptible de reproche y de todo debemos quejarnos sin dudarlo. Es saludable, mental y físicamente.

Estos días muchos estaréis, además, padeciendo eso que los cursis llaman síndrome posvacacional. No es ningún síndrome, ni ninguna enfermedad, sino un estado de lucidez mental en el que somos plenamente conscientes de toda la basura que tenemos que aguantar a diario en nuestro trabajo. Y, claro, duele. Con el paso de las semanas y los meses, iremos sepultando todo ese mosqueo bajo un hastío soterrado (a veces; en otras se nos notará lo hasta las narices que estamos) hasta que llegue el próximo periodo vacacional. No estaremos mejor, pero sí más resignados.

Además de todos los males laborales de los que hablaba más arriba, es posible que algunos os enfrentéis a uno mucho más difícil de combatir: el aburrimiento. Ése es uno de los temas que vertebran la novela póstuma de David Foster Wallace, El rey pálido, de cuyas páginas se pueden sacar muchas citas sobre el aburrimiento en el trabajo, los jefes y otros muchos elementos relacionados con el mundo laboral en los que es en ocasiones fácil reconocerse. Ésta es una de las cosas que dice uno de los personajes de la novela sobre el aburrimiento:

Lo aprendí con solamente veintiún o veintidós años, en el Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de Peoria, donde me pasé dos veranos trabajando como chico del carrito. Y aquello, de acuerdo con los tipos que me consideraron apto para hacer carrera en la Agencia, me puso por encima de la media, el hecho de entender aquella verdad a una edad en que la mayoría de gente solamente está empezando a sospechar los principios básicos de la vida adulta: el hecho de que la vida no te debe nada; de que el sufrimiento adopta muchas formas; de que nadie te cuidará jamás como lo hacía tu madre; de que el corazón humano está chiflado.

Aprendí que el mundo de los hombres tal como existe hoy día es una burocracia. Se trata de una verdad obvia, por supuesto, aunque también es una verdad que causa enorme sufrimiento a quienes no la conocen.

Pero lo que es más importante, descubrí —de la única manera en que un hombre aprende realmente las cosas importantes— el verdadero talento que se requiere para triunfar en una burocracia. Me refiero a triunfar de verdad: a que te vaya bien, a marcar la diferencia, a servir. Descubrí la clave. La clave no es la eficiencia, ni la probidad, ni la reflexión, ni la sabiduría. No es la astucia política, el don de gentes, el cociente intelectual puro y duro, la lealtad, la amplitud de miras ni ninguna de esas cualidades que el mundo burocrático llama virtudes y que busca con sus test. La clave es cierta capacidad que subyace a todas estas cualidades, más o menos igual que la capacidad de respirar y bombear la sangre subyace a todos los pensamientos y acciones.

La clave burocrática subyacente es la capacidad para soportar el aburrimiento. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano. Para respirar, por así decirlo, sin aire.

La clave es la capacidad, ya sea innata o condicionada, para encontrar el otro lado del trabajo de a pie, de lo nimio, de lo que no tiene sentido, de lo repetitivo y de lo absurdamente complejo. Para ser, en pocas palabras, inmune al aburrimiento. Y en los años 1984 y 1985 yo conocí a dos hombres que lo eran.

Es la clave de la vida moderna. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir.

La pena es que no explica cómo hacerse inmune al aburrimiento. Igual estaba en alguna de las notas que su editor descartó cuando compuso el puzle que es El rey pálido, o a lo mejor David Foster Wallace no llegó a escribirlo. Puede que él tampoco lo supiera.

Lo bueno del síndrome posvacacional es que pasa en unas semanas. Lo malo es que, si odiamos nuestro trabajo, nuestro sueldo, no aguantamos a nuestros jefes ni a los idiotas que tenemos que ver a diario o no soportamos la mera idea de ir hasta nuestro lugar de trabajo, todo eso seguirá ahí cuando el síndrome posvacacional se haya ido. Ánimo.

Cansada

1. De que a las personas buenas les pasen cosas malas.

2. De trabajar en un negocio en el que se ningunea a los buenos y triunfan los mierdas.

3. De los líderes.

4. De los inventores del periodismo.

5. De los tontos.

6. De los ingenuos, por no llamarlos otra cosa, que creen que nadie se enterará hasta 24 horas después de algo que han escuchado en un sitio plagado de políticos y periodistas.

7. De que esos ingenuos no te dejen publicar nada aunque otros hayan empezado ya a hacerlo.

8. De que menosprecien e ignoren mi trabajo y el de mis compañeros y nadie sepa lo que hacemos porque a nadie le importa lo que hacen los frikis de internet.

9. De que aún no se hayan dado cuenta de que lo que nosotros hacemos lo ve mucha más gente que lo que hacen ellos.

10. De que haya un ellos y un nosotros, cuando todos trabajamos para la misma empresa.

11. De que en los periódicos haya tantos aspirantes a funcionarios del tipo aneuronal, a los que sólo se les pide que sigan al pie de la letra protocolos y rutinas y nada remotamente parecido a pensar.

12. De que los aspirantes a funcionarios aneuronales sean cada vez más y a nadie le importe (ver punto 8).

13. De los alérgicos a los conflictos que creen que los problemas se solucionan solos, por mucho que esté en su mano arreglarlos.

14. De estar cada vez más sola.

15. De saber que esta batalla también voy a perderla.