Frakkin Emmys

Siempre se me han dado bastante bien las apuestas televisivo / cinematográficas. He ganado dinero con los Oscar, con los Globos de Oro y hasta con los Goya, pero nunca he hecho ninguna quiniela con los Emmy. Aunque este año he estado tentada de hacerla, me contuve cuando recordé que soy incapaz de elaborar un pronóstico ganador y que, ademas, mis favoritos nunca ganan. Esto ultimo (saber que inevitablemente iba a ser frustrante) evitó también que siguiese en directo la gala (eso, y que al día siguiente tenia que trabajar), así que me enteré de cómo acabó la cosa por la mañana al encender el ordenador (en CNN+ dedicaron un par de minutos al tema, pero como la locutora era esa que lee Utah tal cual, no me enteré de casi nada).

Casi todo el mundo ha comentado ya lo que pasó (la Chica de la tele incluso lo siguió en directo) en la gala que presentó Neil Patrick Harris (lo que tenéis arriba es el numero musical con el que abrió la noche) y coinciden en que la cosa fue conservadora, continuista y, en suma, decepcionante (os dejo las reseñas de Basura and TV, By the way, Pizquita y Serieína, la lista completa de los premiados y el intento de boicot de la ceremonia del Doctor Horrible antes de entrar en materia).

Ya dije que Mad men no me volvía loca. De hecho, a la espera de un tercer intento, las dos aproximaciones que he hecho hasta ahora me han sumido en un sopor considerable. Para colmo, ya había ganado el año pasado, así que veo la cosa un poco redundante, tan redundante como el premio a 30 Rock, cuya última temporada no ha estado ni mucho menos a la altura de las anteriores (pero bueno, como The Big Bang Theory ni siquiera competía, no patalearé mucho).

Lo de Glenn Close y Bryan Cranston como mejores protagonistas dramáticos también elude cualquier riesgo, aunque sí que hubo algo de sorpresa, o eso dicen quienes han visto todas las series (no es mi caso; lo mío es una pataleta sin más), con los premios a Cherry Jones (secundaria dramática) y Kristin Chenoweth (secundaria cómica), así como con que Toni Collette le arrebatase a Tina Fey una estatuilla con la que seguro que contaba (aunque se llevó otra como responsable de 30 Rock y una más por hacer de Sarah Palin en el Saturday Night Live).

Lo de Michael Emerson era evidente (como mucho, podrían haberlo dejado para el año que viene, pero dárselo se lo tenían que dar).

El apartado de chascos personales se abre con Kenneth Branagh, que no pilló premio por encarnar al desolado inspector creado por Henning Mankell en Wallander (ganó Brendan Gleeson) y continúa con dos robos (si no tuviese tanto respeto a la tipografía lo pondría en mayúscula, negrita y subrayado). Neil Patrick Harris volvió a quedarse sin Emmy (esto ya parece cachondeo, de verdad) y Jim Parsons entró en el cada vez mas numeroso club de los que deberían haber sido premiados y se van con las manos vacías (por mucho que se lo pasase en grande durante la ceremonia; todo eso de “estar nominado ya es un premio” está muy bien, pero queremos veros ganar, demonios).

Siempre queda el consuelo de que sus series siguen en antena y que tendrán otras ocasiones de ganarlo, pero en vista de que en la categoría de Sheldon ha vuelto a ganar Alec Baldwin y que a Barney se lo ha quitado el tipo que sale con Charlie Sheen en Dos hombres y medio (me niego a tomarme la molestia de copiar y pegar su nombre; sé que él no tiene culpa, ni Sheen Jr., pero tengo que culpar a alguien), una tiene claro a estas alturas que los que votan en los Emmy no ven televisión, a lo sumo esos episodios que les mandan las cadenas y por los que no se puede juzgar toda la temporada de una serie, un actor o una actriz. Una temporada televisiva no es una carrera de 100 metros lisos, señores, sino un maratón que dura ocho meses. Y Barney y Sheldon son dos magníficos corredores de fondo.

No sé para qué me molesto, si el año que viene volverá a ser igual…

Series que dejé de ver (y III)

(Cerramos este recorrido por mi lista de abandonos con las series ‘en pausa’, las que dejé de ver aunque no pensaba hacerlo y puede que un día recupere. O no)

1. ‘Californication’
Devoramos su primera temporada (esta es de las que vemos juntos) y durante meses mi marido me preguntó cuándo volvía. Lo hizo, empezamos a verla y, sin saber muy bien por qué, dejamos de hacerlo, de mutuo acuerdo, aunque nunca hablamos de ello. No sé por qué dejó a él de gustarle, pero sí sé por qué dejó de gustarme a mí: porque se estaba convirtiendo en un más difícil todavía. Aquí no se trataba de putear a sus personajes gratuitamente, sino de enredar hasta el infinito las peripecias sexuales en las que su protagonista se ve envuelto. En la primera temporada había mucho sexo, pero por suerte había mucho más. No es el caso de la segunda.

2. ‘Damages’
Otro caso de atracón inicial. La primera temporada me duró apenas unos días (y me encantó) y decidí dejar la segunda para el tórrido y desértico (en lo que a series se refiere) verano, como hice con la tercera de Dexter. Pero llegó el verano, me zampé el tercer Dexter y poco más (no ha sido un verano audiovisualmente provechoso, aunque esa es otra historia). Tuve tiempo de ver cómo evolucionaban las intrigas de Glen Close. Pero no lo hice. Puede que más adelante me ponga al día.

3. ‘Héroes’
Se ha hablado tanto y tan mal de esta especie de Patrulla X televisiva que poco nuevo tengo que decir. Empezamos a verla con muchas ganas cuando se estrenó en Estados Unidos. Pero llegó su primer final de temporada, su primera prueba de fuego, en la que una serie de este tipo (la nueva Perdidos, la llamaban, y hasta tenía muñequitos) no puede fallar, y la cagada fue estrepitosa (además, su primera temporada coincidió con la tercera de Perdidos. Durante todo aquel año se glosaron por doquier los méritos de la serie de Tim Kring y se criticó sin piedad la de J. J. Abrams. La primera terminó catastróficamente y la segunda con el “We have to go back”. No tengo nada más que añadir).

Supongo que la decepción hizo que guardásemos la segunda (muy corta por culpa de la huelga de guionistas y tan decepcionante que sus responsables no se atrevieron a seguir cuando el paro terminó) a la espera de tiempos mejores. Entre unas cosas y otras, nos pusimos a verla bastante tarde, cuando hacía ya bastante que había terminado y todo el mundo se había despachado a gusto con(tra) ella. Tanto malo leímos y escuchamos que cuando al fin la vimos no nos pareció tan mala. Igual nos pilló tontorrones. Curiosamente estrenaron la tercera nuestra primera noche en Nueva York, y más o menos vimos aquel doble episodio, pero nos prometimos verlo en condiciones (y con subtítulos, que quieras que no siempre ayuda) cuando volviésemos. Aún no ha pasado. Tenemos los ¡25! episodios en casa, listos para verlos, pero no tenemos fuerzas. No sé si algún día nos animaremos. Lo bueno es que las expectativas no son lo que se dice altas.

4. ‘Jericho’
Otra primera temporada que nos gustó. Nos alegramos de que sobreviviese a la amenaza de la cancelación (brevemente, porque su segunda temporada sólo tuvo siete episodios) y esperamos con interés su regreso. Volvió y nos hicimos con ella, pero no la vimos. No tengo una explicación.


5. ‘The Tudors’
La primera temporada de la azarosa y lúbrica juventud de Enrique VIII también me duró poco. Pero acabé con ella, mataron a Sam Neill (bueno, su personaje se mató él solito, pero la autoría intelectual correspondió a otros) y Jonathan Rhys Meyers empezó a darme una grima infinita. Pensé en seguir con ella este verano pero, como pasó con Damages, no lo hice. Es improbable que la recupere.

En la primera entrega, las series que puede que deje de ver este año y aquellas con las que apenas pasé del piloto.

En la segunda, las que abandoné después de unas cuantas temporadas.

Pereza

Hace unos días Petit et perdue me preguntaba, a colación de mi breve comentario sobre los Globos de Oro, si la pereza que me daba ver John Adams tenía algo que ver con su calidad. Evidentemente, le respondí que no, que los trocitos que había visto al azar tenían muy buena pinta pero que, simplemente, no me apetecía verla ahora, en primer lugar porque últimamente hay demasiada seriedad en mi vida real, tanta que cuando me siento frente a la tele sólo quiero evadirme y dejarla atrás, aunque sólo sea un ratito (esto no significa que desconecte las neuronas o, aún peor, que me ponga a ver series españolas).

En segundo lugar, he aparcado John Adams (y la segunda temporada de Damages y Californication, y la tercera de Dexter, y Mad men, y puede que alguna cosa más, como Los Tudor o Life) para reservarla para el verano, porque no tiene sentido pasar todo el año viendo compulsivamente series y después estar desde mayo a septiembre-octubre (o enero, según los casos) sin nada decente que echarse a la cara.

Pero la tercera y última razón es la definitiva: sigo demasiadas series.

Así, a bote pronto (bueno, en realidad no, porque acabo de consultarlo en el disco multimedia que tenemos enchufado a la tele), sigo a ritmo norteamericano 30 Rock (a esta me apunté hace sólo unos meses, pero me puse rápidamente al día), Anatomía de Grey (toda teleadicta necesita un culebrón, y este es el mío, por mucho que se esté poniendo últimamente un poco rarita, con la vuelta a escena -de modo fantasmagórico pero sexualmente activo- del tío al que yo llamo el guapito muerto), Bones (después de ver bastantes capítulos sueltos -y desordenados-, decidí que merecía la pena verla bien), CSI (tras años sometida a la dictadura de la cadena enemiga, que reserva cada nueva tanda de episodios para cuando le viene en gana, esta recomendación de Casciari me hizo querer ver cuanto antes la séptima temporada, la del asesino de las miniaturas, y la sigo a ritmo yanqui desde entonces; lo siguiente que veré será la marcha de Grissom, y no sé si seguiré viéndola después), Californication (aunque esta la dejaré, como ya he dicho, para el verano o para alguna noche de insomnio), Cómo conocí a vuestra madre (esta también empezamos a verla tarde, pero cogimos pronto el ritmo), Fringe, House (Fox, Cuatro, muchos episodios sueltos vistos con retraso y, desde la temporada pasada, a su ritmo de emisión) y Héroes (aún no hemos empezado a ver la tercera; las críticas no animan nada).

En esta lista no se incluyen series terminadas que hemos seguido religiosamente, como El ala oeste o Studio 60, ni las inglesas (los muy vagos sólo hacen temporadas de seis episodios, incompatibles con el concepto seguir) como The IT Crowd, Little Britain o No heroics (que tiene un gran punto de partida pero no esa chispa que tienen las dos anteriores), ni tampoco dos adicciones en toda regla: Battlestar Galactica (que comenzó el viernes pasado la emisión de sus diez últimos capítulos –¿quién será el quinto cylon?-, aunque aún no hemos podido ver el primero porque mi marido, que sí curra este fin de semana -a mí me toca descanso-, salió ayer del trabajo pasada la una de la mañana; a ver si esta noche hay algo más de suerte) y, por supuesto, Perdidos, que vuelve por fin este miércoles (por cierto, que en el Reino Unido los espoilers han salido a la calle) con su penúltima temporada, toneladas de preguntas y puede que alguna respuesta. O a lo mejor no.

No confíes en nadie

Podría ser un consejo excelente para los incautos que a estas alturas siguen confiando en la buena voluntad de las personas, pero en esta ocasión es la moraleja que emana de cada capítulo de Damages.

Damages, que le valió un Globo de Oro a su protagonista, una Glenn Close más maquiavélica que nunca (con la excepción, claro, de Las amistades peligrosas), es una serie de abogados sin juicios, jueces ni tribunales plagada de conspiraciones, secretos, intrigas, encuentros en mitad de la noche y muchas, muchas mentiras.

La acción comienza con una joven ensangrentada, medio desnuda y aterrorizada que huye por las calles de Nueva York hasta que la detiene la policía. No sabemos quién es ni qué le ha pasado, y tardaremos en saberlo, porque la historia comienza seis meses antes, cuando una joven abogada recién licenciada, Ellen Parsons (Rose Byrne) -la chica ensangrentada-, se une al bufete de la poderosa Patty Hewes (Close).

Ese juego entre presente y futuro (o entre pasado y presente) es el principal hallazgo narrativo de la historia (aunque no sea nuevo; ahí tenemos por ejemplo a Perdidos) de esta joven y ambiciosa abogada que no sospecha el precio que tendrá que pagar por trabajar con Hewes.

Ellen entra en escena cuando Patty está enfrascada en un complicado caso contra el millonario Arthur Frobisher (Ted Danson), del que se sospecha, a pesar de que un juicio del Gobierno ya lo exoneró, que ha estafado a sus 5.000 accionistas, incluidos sus antiguos empleados, que perdieron los fondos de jubilación cuando la empresa se fue al garete.

Patty representa a esos accionistas, y está dispuesta a todo para probar la culpabilidad de Frobisher, no importa cuántas vidas tenga que destrozar para conseguirlo.

Quien piense que ésta es una típica historia de abogados en la que al final el bien triunfa y los malos reciben su merecido, se equivoca. Todos los implicados en el caso pierden algo en el camino, ya sean seres queridos, la propia vida o la dignidad y la integridad que permite a uno mirarse cada mañana al espejo sin sentir asco o vergüenza.

Tampoco es una historia de redención. Es amarga, cruel y a ratos desoladora, y convierte el consejo “no confíes en nadie” en una máxima vital para la supervivencia en esta jungla en la que al final todos los personajes son peores que al principio.

Junto al trío protagonista intervienen un gran plantel de secundarios que incluye a Tate Donovan, Philip Bosco, Michael Nouri o Peter Riegert y en el que brilla con luz propia Zeljko Ivanek (que encarna a Ray Fiske, abogado y amigo de Frobisher), actor ocasional de una larguísima lista de series (que incluye a Perdidos, donde fue el efímero ex marido de Juliet) y que en Damages, salvo cuando comparte secuencia con Glenn Close, se adueña de cada plano, pese a su escuálida figura, su rostro demacrado (que empeora conforme avanzan los episodios) y esa voz que apenas le sale del cuerpo (nada que ver con la enérgica voz con que lo han doblado al español).

La serie, una maravilla de 13 capítulos (hay previstas dos temporadas más) que se ve casi de un tirón, será emitida en España por Canal+ como Daños y perjuicios (?), aunque, teniendo en cuenta el poco afortunado doblaje (visto en un avance promocional) y lo desastrosos que son los subtítulos en Digital+, desde aquí recomendamos vías alternativas a los interesados en verla.