‘Great American Short Stories: From Hawthorne to Hemingway’

Toda selección es siempre parcial, arbitraria e injusta. Toda antología, en tanto que selección, también lo es. En no pocas ocasiones es la afinidad afectiva o intelectual la que dicta la mano del editor que selecciona; en otras, puede que sea una mera cuestión de derechos sobre las obras la que determine qué se incluye y qué no. Pese a ello, la historia de la literatura es prolija en antologías (en el caso de las letras españolas, sobre todo poéticas), que sirven para reivindicar a autores más o menos olvidados, reunir a escritores similares (en estilo, tono, temas) o totalmente antagónicos para ofrecer una lectura que permita comparar/contrastar sus obras o, como es la antología que nos ocupa, mostrar la evolución de un género.

Great American Short StoriesGreat American Short Stories – From Hawthorne to Hemingway es una colección de 30 relatos, seleccionados por la profesora Corinne Demas, a través de la que se puede seguir cómo ha cambiado la narrativa corta en Estados Unidos en los 90 años que separan la publicación de “Young Goodman Brown” (Nathaniel Hawthorne, 1835) y la de “The End of Something” (Ernest Hemingway, 1925). El volumen incluye una introducción a cargo de la editora, dos ensayos sobre relatos (la reseña de Twice-Told Tales, de Hawthorne, que firmó Edgar Allan Poe y que se menciona ampliamente en la introducción y The Philosophy of the Short Story, de Brander Matthews), una breve reseña biográfica de los autores reunidos y una bibliografía complementaria.

La reseña que Poe hizo en 1842 del libro de relatos de Hawthorne, al que consideraba un maestro del cuento, sirve de base a Demas para configurar la lista de historias que presenta a continuación. La profesora describe esa reseña como una especie de tratado fundacional del género, cuyos postulados están presentes en las creaciones de reseñador y reseñado y servirían, a su vez, de inspiración para muchos de los autores que llegaron después.

Poe aseguraba que un buen cuento debía combinar con acierto dos elementos: la unidad y la longitud. El relato debía proporcionar una “unidad de efecto o impresión” al lector, que a su vez debía ser capaz de completarlo “de una sentada”. Durante ese tiempo, esa sentada, sostenía Poe, “el alma del lector está en manos del escritor”. A su juicio, Hawthorne aprovechaba a la perfección esa oportunidad de subyugar y asombrar a su lector durante ese tiempo con sus “rasgos distintivos: invención, creación, imaginación, originalidad”. Esas cualidades, como indica Demas, bien podrían aplicarse a la prosa del propio Poe, del que aparecen tres historias en esta recopilación. Pero, además de Hawthorne y Poe, el libro recupera obras de otros 16 autores, desde herederos del primero, como Herman Melville o Henry James, hasta otros que poco tienen que ver con él, como Mark Twain, Sherwood Anderson, Stephen Crane o el que cierra el volumen, Hemingway.

Cada una de estas 30 Great American Short Stories merece una lectura (o relectura, porque algunos son clásicos bien conocidos y estudiados) y su propio comentario. Y eso es lo que haremos a partir de ahora. Cada semana leeremos y comentaremos uno de los relatos de este libro, empezando por el «Young Goodman Brown» de Hawthorne, que abre la antología. En la página Un cuento a la semana iremos recopilando los comentarios. Allí tenéis también, por si os apetece leer con nosotros, la lista completa de los relatos de este volumen.

«Catedral», de Raymond Carver

Catedral de Barcelona

Foto: Claustro de la Catedral de Barcelona

«Se habían casado, habían vivido y trabajado juntos, habían dormido juntos —y hecho el amor, claro— y luego el ciego había tenido que enterrarla. Todo esto sin haber visto ni una sola vez el aspecto que tenía la dichosa señora. Era algo que yo no llegaba a entender. Al oírlo, sentí un poco de lástima por el ciego. Y luego me sorprendí pensando qué vida tan lamentable debió llevar ella. Figúrense una mujer que jamás ha podido verse a través de los ojos del hombre que ama. Una mujer que se ha pasado día tras día sin recibir el menor cumplido de su amado. Una mujer cuyo marido jamás ha leído la expresión de su cara, ya fuera de sufrimiento o de algo mejor».

El de arriba es uno de mis fragmentos favoritos del cuento «Catedral», de Raymond Carver, incluido en una colección publicada en 1983 y que lleva por título el de ese relato. No es, desde luego, el mejor fragmento (la parte final es mucho mejor) y, por mucho que me guste, ni siquiera sirve para ilustrar cómo es el protagonista, que justo después dice esto otro:

«Una mujer que podía ponerse o no maquillaje, ¿qué más le daba a él? Si se le antojaba, podía llevar sombra verde en un ojo, un alfiler en la nariz, pantalones amarillos y zapatos morados, no importa. Para luego morirse, la mano del ciego sobre la suya, sus ojos ciegos llenos de lágrimas —me lo estoy imaginando—, con un último pensamiento que tal vez fuera éste: «él nunca ha sabido cómo soy yo», en el expreso hacia la tumba. Robert se quedó con una pequeña póliza de seguros y la mitad de una moneda mejicana de veinte pesos. La otra mitad se quedó en el ataúd con ella. Patético».

Esto sí define mucho mejor al narrador homodiegético que sirve al lector de guía en la corta pero intensa acción del relato. Un narrador seco, distante, irónico, que bordea la descortesía en su trato al invitado que desencadena la trama y que apenas disimula su fría relación con su mujer, a la que ni entiende ni se esfuerza en entender. Carver retrata con su habitual prosa directa, económica y desprovista de artificios a un protagonista con el que no es nada fácil empatizar, cargado de prejuicios y cerrado por completo al mundo, mucho más ciego que el amigo invidente al que su mujer ha invitado a cenar.

Aunque en la vida real sea difícil que las personas cambien, la magia de la ficción puede obrar maravillas en los personajes. También en individuos como éste, que en pocas páginas y gracias a su invitado (el arquetípico extraño que altera el statu quo inicial de los protagonistas) vivirá una de esas transformaciones vitales (o epifanías) que lo arrasan todo a su paso. Pero no sabemos el alcance de ese cambio. Carver pone punto final al cuento sin responder qué pasa después. Supongo que prefirió dejarlo en manos del lector.


Podéis leer el relato completo en español aquí. Y en inglés en este otro enlace.

Más citado que leído

Bartleby, el escribiente, escrito por Herman Melville en 1853, es uno de los relatos más célebres de la historia de la literatura. A menudo se considera precursor de corrientes como el existencialismo o la literatura del absurdo y hay decenas de sesudos eruditos que han dedicado no menos sesudos ensayos a analizar su estilo, sus influencias y, sobre todo, a sumergirse en la personalidad de su peculiar protagonista.

Tal es su importancia y su repercusión que no hay una sola vez que un escritor o periodista se refiera a alguien alérgico a las tareas ingratas y no añada inmediatamente el nombre de este escribiente, o copista, que invariablemente responde «preferiría no hacerlo» cada vez que le encomiendan una labor que no quiere hacer.

No tengo obviamente datos al respecto, pero apuesto a que un gran número de los que citan a Bartleby en sus textos no han leído jamás el cuento de Melville. No les culpo; yo también lo he hecho.

Bartleby, el escribientePor suerte, he subsanado mi error y hace unos días que rescaté de mi estantería un volumen editado por Valdemar (no me cansaré de decir lo mucho que me gusta esta editorial) que compré hace más de un año y que incluye, además de Bartleby, el escribiente, otros cuatro relatos de Melville: El campanario, Los dos templos, El hombre pararrayos y El violinista.

Aunque ninguno de los cuatro tiene desperdicio, Bartleby es la estrella del libro, un copista contratado por un abogado ya entrado en años (el narrador de la historia) que sólo atiende a las tareas encomendadas en el momento de formar parte del despacho de abogados en el que trabaja. A todo lo demás, desde colaborar en la comprobación de las copias de sus compañeros hasta ir a echar un sobre al correo o marcharse de la oficina cuando es despedido, responde con el ya célebre «preferiría no hacerlo» («I would not prefer to», en la versión original que puede leerse en una web titulada precisamente Bartleby).

Muchos de esos sesudos críticos de los que hablaba al principio lo han definido como un individuo apático, carente totalmente de voluntad, que se abandona hasta el final (no lo desvelaré, aunque digamos que no termina bien). No creo que sea esa su patología (los psicólogos que han estudiado su caso creen que su conducta responde a una enfermedad), sino justo lo contrario, porque creo que se precisa una voluntad férrea para negarse a hacer todo aquello que no uno no quiere hacer.

Si no queréis comprarlo o no os apetece leerlo en inglés, os dejo la versión en español (editada por Libros en Red) de esta obra maestra que se lee en un ratito y que ya nunca más citaréis sólo de oídas.