Las nuevas condiciones de servicio de Tumblr

Condiciones de servicio, términos de uso, cláusulas de privacidad… Por si hay por ahí alguien que no esté familiarizado con estos términos, os diré que son todas esas ventanitas llenas de letras en un cuerpo muy chiquitito y parrafadas que no se entienden que detallan todo lo que implica apuntarse a cualquier servicio en internet. Sí, esas ventanitas que se cierran cuando marcamos “he leído las condiciones” y luego le damos a “aceptar”. Eso que demasiado a menudo aceptamos sin haber leído antes.

Sí, ya sé que suelen ser tostones larguísimos y soporíferos, en no pocas ocasiones deliberadamente opacos para que no entendamos nada de lo que pone, pero ya somos todos mayorcitos para preocuparnos por leer las cosas antes de aceptar, firmar o consentir con nada. Si a estas alturas, con la que está cayendo, hay gente que sigue sin leerse absolutamente todo lo que firma (pienso, así a bote pronto, en cosas como las cláusulas suelo, las preferentes…), se merecen lo que les pase.

Sin embargo, frente a las compañías que contratan a leguleyos doctorados en lo críptico y a las que cambian cada dos por tres sus condiciones de servicio (avisando de aquella manera…), hay otras que no sólo informan convenientemente de cada cambio, sino que además hacen lo que pueden para que te leas sus condiciones. ¿Cómo? Introduciendo, entre tanta tonelada de legalese, algunos párrafos en cristiano, adaptados al usuario medio de su servicio.

Este artículo lleva un mes en la carpeta de borradores, así que es posible que ya le hayáis echado un ojo a las nuevas condiciones de servicio de Tumblr, o a sus cláusulas de privacidad, o a las normas de la comunidad. Si no es así, hacedlo sin falta. Merece la pena. Dejo por aquí algunas de las joyas que más me han gustado. Las capturas son de whoviam-i-kidding, donde hay más de las que incluyo yo aquí.

“Si eres menor de 13 años, no uses Tumblr. Pide a tus padres una Playstation 4, o prueba con los libros”.

Esto busca reforzar la autoestima de los usuarios, pero llega un punto en el que da algo de grima, ¿no?

“Normal stuff”. Nada de drones.

“Don’t tag a photo of your cat with “doctor who” unless the name of your cat is actually Doctor Who, and don’t overload your posts with #barely #relevant #tags”. (Lo de las etiquetas también se podría aplicar a Twitter. Lo de llamar a un gato Doctor Who… Bueno, hay gente para todo.)

Lo mejor es que, entre tontería y tontería, explican bien clarito lo que se puede hacer y no en Tumblr (y lo que se debe y no hacer), las precauciones que hay que tener antes de publicar algo y qué pasa con ese contenido que publicamos y con nuestros datos. Y sin duda los añadidos humorísticos habrán ayudado a que más de uno se lo lea todo, al menos por encima, antes de dar su consentimiento. 

Además, alguien que escribe en un documento legal la frase “marvel at the alien beauty of Benedict Cumberbatch” se merece que dediquemos unos minutos a leer lo que ha escrito.

’12 años de esclavitud’

Breve sinopsis: Película basada en la historia real de Solomon Northup. un hombre negro libre, culto y músico que en 1850 fue secuestrado y vendido como esclavo.

A la hora de enfrentarse a una historia dura, hay directores que despliegan todos los recursos técnicos a su alcance para intensificar la emoción de lo que cuentan y, al mismo tiempo, provocar en el espectador una reacción a esa historia que están contando. Algunos que escogen este camino se pasan de frenada y en lugar de detenerse en el sentimiento siguen a todo trapo hasta el sentimentalismo.

Hay otros directores que eligen el camino opuesto. Intentan distanciarse de lo que están contando, para presentarlo de la forma más aséptica posible, con sobriedad, sin efectismos, usando sólo los recursos mínimos, los menos visibles (porque el encuadre, el montaje, etcétera, son también recursos técnicos, no lo olvidemos), para dejar que sea la historia la que conmueva al espectador y no los artificios que la envuelven. Pero también aquí hay quienes se pasan de frenada, y en lugar de hacer una película sobria terminan haciendo una película demasiado fría.

Esto es lo que en mi opinión le pasa a 12 años de esclavitud. Siendo la historia durísima, siendo lo que se ve en pantalla durísimo, en ningún momento me transmitió ni me hizo sentir esa dureza. Ni me emocionó. Tampoco me aburrió, ni me entretuvo. Dos horas y cuarto después, me quedé como estaba.

No tengo demasiado que reprochar a la película, salvo unos cuantos ejemplos de música desafortunada (¿Hans Zimmer? ¿En serio?), planos cuya excesiva duración no entiendo y secuencias cuya brevedad me sorprendió (para no extenderme mucho, la película tiene un ritmo muy irregular, porque se detiene durante minutos en detalles que no hacen avanzar la trama, ni contribuyen al desarrollo de personajes, ni nada, mientras que secuencias que sí que aportan a la trama son despachadas en lo que parecen sólo unos segundos) y la insistencia en mostrar una y otra vez secuencias similares que no añaden nada a la narración (no pretendo sonar insensible, pero no necesito tantas secuencias y tantos minutos para entender la dureza del trabajo de los esclavos).

Y en cuanto a los actores, todos muy correctos. Ninguno tiene la culpa de que sus personajes sean, según el caso, planos y unidimensionales o demasiado breves para desarrollar esa multidimensionalidad que apenas tienen tiempo de sugerir. Porque está muy bien que la historia gire en torno al protagonista y que él tenga muchos matices, pero los que le rodean deberían ser algo más que marionetas.

Pero como no todo va a ser malo, gracias a esta película Steve McQueen ha unido en pantalla (bueno, en el reparto, porque no comparten pantalla; una de esas secuencias despachadas con prisa es el traspaso del protagonista de uno a otro) a Benedict Cumberbatch y Michael Fassbender, lo que ha propiciado que compartan fiestas y nos dejen fotos como ésta:

Tipología de jefes

Hay personas que no tienen ningún interés en ser jefe. No quieren decirle a nadie lo que tiene que hacer, ni responsabilizarse por el trabajo de otros ni, en general, tener que aguantar a nadie. Quieren llegar, hacer su trabajo y marcharse al terminar. Y que les dejen tranquilos.

Hay otras personas que sí quieren ser jefes. Entre éstas, suelo distinguir dos tipos principales: las personas que tienen una idea de cómo creen que deberían hacerse las cosas y quieren alcanzar un puesto de poder para hacer realidad esa visión y las que quieren, sin más, ser Jefes (sí, con mayúscula). Los Jefes no suelen tener visión alguna, más allá de cómo quieren que sea su propia vida: con mejor posición, mejor sueldo, mejores y más relajados horarios, menor carga de trabajo y, sobre todo, con poder para decirles a los demás qué es lo que tienen que hacer y qué no. Porque a éstos sí les gusta mandar.

Ya dije en el artículo anterior que de El rey pálido se podían extraer unas cuantas citas relacionadas con el mundo laboral. Hoy rescato una sobre los jefes, sobre los distintos tipos de jefes, entre ellos los que actúan como se supone que deben hacerlo los que mandan o los que podríamos llamar jefes-colegas. A estos dos los englobaría en el grupo de los Jefes del que hablaba más arriba. Pero David Foster Wallace habla además de los buenos administradores, que también los hay:

Para entonces yo ya llevaba bastante tiempo en la Agencia para entender que aquella era una cualidad que tenían los buenos administradores, el hecho de caer bien. No actuar de manera que cayeran bien, sino ser de esa manera. Nadie tenía nunca la sensación de que el señor Glendenning estuviera actuando, tal como hacen los administradores con menos talento, aunque sea actuando para sí mismos, por ejemplo actuando como tiranos porque en algún lugar de su interior tienen una imagen de que un buen administrador es un tipo duro y por tanto ellos intentan contorsionar sus personalidades para hacerlas encajar en esa imagen. O bien esos otros tipos afables del estilo «mi puerta siempre está abierta» que creen que un buen administrador tiene que ser amigo de todos y por esa razón se muestran muy abiertos y amigables aun cuando las responsabilidades de su cargo requieren que impongan disciplina entre la gente o que recorten presupuestos o que rechacen peticiones o que reasignen a gente a Examen o que hagan toda una serie de cosas que no son para nada amigables. Este tipo de administrador se ponía a sí mismo en una posición terrible, porque cada vez que tenía que hacer algo por el bien de la Agencia que fuera a doler o a cabrear a algún empleado, esa acción acarreaba la carga emocional adicional que sufre un amigo cuando jode a otro amigo, y a menudo el administrador se sentía tan incómodo por aquello y por sus lealtades divididas que para poder hacerlo tenía que enfadarse personalmente —o bien hacerse el enfadado— con el empleado, lo cual provocaba que el asunto se volviera personal de una forma inapropiada y se sumaba al dolor y al resentimiento del empleado jodido, y con el paso del tiempo esto socavaba por completo la autoridad del administrador, y muy pronto todo el mundo lo consideraba un falso y alguien que te apuñalaba por la espalda, que fingía ser amigo y colega tuyo pero que en realidad estaba dispuesto a joderte siempre que le apeteciera. Resulta interesante que estos dos estilos de administrador falso —el tirano y el falso amigo— sean también los dos estereotipos principales que usan los libros y las series de televisión y las viñetas cómicas para presentar a los administradores. Uno sospecha, de hecho, que la imagen mental que erige dentro de sí mismo el administrador inseguro se basa en parte en estos estereotipos de la cultura popular.

En otras palabras, el señor Glendenning podía escucharte porque no sufría esa creencia insegura de que escucharte y tomarte en serio era algo que lo vinculaba de ninguna manera, mientras que alguien esclavo de la imagen del tirano te trataría como a un ser indigno de su atención, y alguien esclavo de la imagen del colega sentiría que o bien estaba obligado a aceptar tu sugerencia para evitar ofenderte o bien tenía que darte una explicación exhaustiva de por qué tu sugerencia no se podía implantar o tal vez incluso entrar en alguna clase de debate sobre la misma, a fin de evitar ofenderte o quebrantar la idea de que él era de esos administradores que nunca tratarían la sugerencia de un subordinado como algo indigno de ser considerado en serio; o bien tendría que enfadarse a fin de anestesiar su incomodidad por no aceptar de buen grado la sugerencia que le había hecho alguien que él se sentía obligado a ver como un amigo y como un igual en todos los sentidos.

Seguro que os resulta familiar más de un detalle, como también esa necesidad que tienen los Jefes de, entre café y café, reunión y reunión y escaqueo y escaqueo, marcar territorio. Puede ser con un reproche (o bronca) absurdo (e incluso desproporcionado) o con una idea también absurda que a él le parece digna de un Premio Nobel.

Por supuesto, salvo que uno quiera también ser Jefe (en cuyo caso deberá aplaudir con entusiasmo la estupidez) o que lo despidan, debe guardarse su opinión sobre la ocurrencia. Y eso no siempre es fácil. En casos extremos a mí me reconforta acordarme de esta secuencia de Sherlock. Puede que a vosotros también os ayude:

El día de la poesía (Shakespearean edition)

Ya dije que no descartaba seguir dando la brasa con versos, así que allá va otra tanda, esta vez de William Shakespeare, del que es fácil recomendar cualquiera de sus obras y muy difícil decir algo nuevo sobre ellas.

En realidad recomendar algo de Shakespeare no es tan fácil. ¿Un soneto? ¿Una tragedia? ¿Una comedia? ¿Una historia? Cualquiera de los anteriores valdría, y aunque sus obras de teatro no son propiamente poesías, supongo que me perdonaréis la licencia si apuesto por pasajes versificados, ¿no?

Como decía, es difícil seleccionar, así que apunto dos pasajes que he conocido en estos últimos meses, uno de Macbeth y otro de As You Like It (Como gustéis). El primero corresponde a la escena quinta del quinto acto de la tragedia. El protagonista acaba de conocer la muerte de su esposa, Lady Macbeth (no, no he avisado del espoiler, pero en las tragedias de Shakespeare muere gente a puñados, así que la alerta de espoiler tal vez deba ser sobre quién sobrevive). No sólo llora su pérdida (el célebre “Tomorrow, and tomorrow, and tomorrow”) sino que de paso reflexiona sobre la fugacidad y futilidad de la vida, una “breve llama”, “un paseo entre las sombras”, “una historia contada por un idiota llena de sonidos y furia que no significan nada”:

She should have died hereafter;
There would have been a time for such a word.
Tomorrow, and tomorrow, and tomorrow,
Creeps in this petty pace from day to day,
To the last syllable of recorded time;
And all our yesterdays have lighted fools
The way to dusty death. Out, out, brief candle!
Life’s but a walking shadow, a poor player
That struts and frets his hour upon the stage
And then is heard no more. It is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury
Signifying nothing.

El fragmento de As You Like It, aun tratándose de una comedia, no es mucho más alegre. Tampoco lo es Jaques, el personaje que declama este monólogo en la séptima escena del segundo acto. Comienza con el conocido “el mundo entero es un escenario”, una idea que, como otras muchas en Shakespeare, no es original suya, aunque, también como otras muchas, la conocemos gracias a él, a la forma que él les dio, sus palabras, sus versos, sus rimas y su capacidad para ensamblar ideas, personajes, historias y anécdotas de una forma nunca lograda hasta entonces y nunca igualada después. Además del mundo como escenario, con hombres y mujeres paseándose por él interpretando cada uno su papel, en este monólogo están también las conocidas como siete edades del hombre, desde la cuna a la tumba (o casi, “sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada”). Es un poco largo, así que aquí hay una traducción al español:

All the world’s a stage,
And all the men and women merely players:
They have their exits and their entrances;
And one man in his time plays many parts,
His acts being seven ages. At first, the infant,
Mewling and puking in the nurse’s arms.
And then the whining school-boy, with his satchel
And shining morning face, creeping like snail
Unwillingly to school. And then the lover,
Sighing like furnace, with a woeful ballad
Made to his mistress’ eyebrow. Then a soldier,
Full of strange oaths and bearded like the pard,
Jealous in honour, sudden and quick in quarrel,
Seeking the bubble reputation
Even in the cannon’s mouth. And then the justice,
In fair round belly with good capon lined,
With eyes severe and beard of formal cut,
Full of wise saws and modern instances;
And so he plays his part. The sixth age shifts
Into the lean and slipper’d pantaloon,
With spectacles on nose and pouch on side,
His youthful hose, well saved, a world too wide
For his shrunk shank; and his big manly voice,
Turning again toward childish treble, pipes
And whistles in his sound. Last scene of all,
That ends this strange eventful history,
Is second childishness and mere oblivion,
Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.

Difícil de superar, en mi opinión. Bueno, se puede mejorar un poco (o mucho) si se escucha cómo lo lee Benedict Cumberbatch. Para aquellos no familiarizados con el trabajo del señor Cumberbatch, diremos que es un gran actor con una voz maravillosa que sabe muy bien cómo usarla. Antes de ponerse el abrigo de Sherlock Holmes, abrasar a enanos y complicarle la vida a la tripulación del Enterprise ya tenía una amplia trayectoria como lector de audiolibros y actor en obras teatrales y radiofónicas. Esta versión del monólogo está algo mutilada y además pertenece a un anuncio de Google+, pero no me lo tengáis en cuenta. Simplemente escuchad su voz. Mejor con auriculares, claro…