‘Pálido fuego’ – Vladimir Nabokov

Pálido fuegoPálido fuego, de Vladimir Nabokov (1962), es uno de esos libros que resulta difícil calificar, una obra cuya calidad es sin duda digna de elogio pero que como pieza narrativa no termina de entusiasmar.

Compleja, extraña y, sobre todo, desconcertante, la obra es una falsa edición crítica de un falso poema firmado por un falso poeta estadounidense que acaba de morir asesinado. Y su obra póstuma no podría haber caído en peores manos que en las del también falso (en más de un sentido, como descubrirá quien lea Pálido fuego) profesor Kinbote, un petulante, insufrible, barroco y pretendido erudito (y acosador del fallecido poeta) que arranca su edición crítica con un prólogo en el que narra sus vicisitudes para hacerse con el poema y con los derechos para publicarlo, así como sus posteriores trifulcas con la viuda del autor, con otros estudiosos y con el mundo en general.

Ya en estas primeras páginas se atisba cuál será el tono de esta falsa edición crítica: ingentes anotaciones poco o nada pertinentes y en absoluto relacionadas con los versos que supuestamente está comentando (y es casi peor cuando están relacionadas, porque el pobre hombre es un disparate continuo).

Tras el prólogo llega el poema que da título al volumen, 999 versos en los que lo prosaico/cotidiano y lo sublime se alternan sin apenas transiciones, profundizando en la sensación de confusión que invade al lector desde las primeras páginas del prólogo.

Cuando acaba el millar escaso de versos es cuando empieza de verdad lo bueno. Doscientas y pico páginas (y unas cuantas más al final a modo de índice) de comentarios del experto, en los que de lo que menos se habla es del poema en cuestión. La mayor parte de sus impertinentes anotaciones versan sobre historias de su país, la lejana Zembla, de la que tuvo que huir como alma que lleva el diablo. Él mismo explica por qué, así como otra multitud de cosas, personajes, tradiciones, anécdotas, dramas y tragicomedias, a cuál más disparatada.

Sin desvelar mucho más (porque hay algún que otro misterio en esta extraña historia), digamos que al lector se le deja tan perdido, o quizás más, que cuando inició el viaje. Sin saber si el profesor Kinbote es quien dice ser, quien cree ser, si algo de lo que nos ha contado es verdad, si existe Zembla, si hay un poeta y un poema que comentar (dentro del mundo ficticio en el que se inserta la novela, claro está; si todo eso es verdad ahí dentro) y, en resumen, qué es esta rareza que acabamos de terminar.

¿Es una obra maestra esta novela tan loca? Es probable, al menos como experimento, como artificio literario, como invención (y, sobre todo, por el autorretrato que voluntaria o involuntariamente vierte el supuesto erudito sobre sus páginas). Pero como obra narrativa sabe a poco, tal vez precisamente por su naturaleza fragmentaria e irregular. Lo que no quiere decir que no merezca la pena conocer al chalado (¿peligroso?) del profesor Kinbote y su desquiciado país natal.

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