‘La chica del tren’ – Paula Hawkins

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Foto: Chicabrandita

El thriller del año, el bestseller del año, el libro del verano… La chica del tren es el título de moda, tanto aquí como en otros muchos países del mundo donde lleva meses en los primeros puestos de las listas de ventas. Y no sólo triunfa en las librerías. La novela de Paula Hawkins también lo hace en sitios como Goodreads, buen termómetro para medir los fenómenos literarios y donde los usuarios llevan meses añadiéndola masivamente a sus listas de intereses, desde mucho antes de su llegada a las librerías.

Y siguen haciéndolo, a un ritmo que ha sorprendido a la red social. Sobre todo por el poco tiempo que pasa entre que un usuario lo añade a su lista de pendientes y lo pasa a la estantería de leídos. El libro es un éxito de ventas y además los lectores lo devoran.

Como explican en este artículo del blog de Goodreads, el éxito de La chica del tren es un buen ejemplo de cómo usar los medios sociales para vender algo. No es que la editorial no haya invertido en publicidad tradicional, pero aquí hay más boca-oreja que promoción en medios establecidos. Y la propia Goodreads ha contribuido de forma decisiva como plataforma de difusión. La reseña favorable de una de las usuarias destacadas de la red social, a la que la editorial envió una copia meses antes de su puesta a la venta, echó a rodar la bola de nieve. Para cuando llegó a las librerías, buena parte del trabajo estaba hecho. Y cuando se exportó al resto del mundo, por ejemplo España, la editorial apenas tuvo que esforzarse, más allá de alguna crítica extremadamente generosa en alguno de los antaño medios serios (los periódicos, en general, hace mucho que dejaron de ser fiables. ¿Por qué íbamos a creernos lo que nos dijeran sus críticos literarios?).

Evidentemente, el boca-oreja funciona cuando a la gente le gusta mucho algo (o cuando no le gusta nada; no hay términos medios), así que supondremos que a los lectores les ha gustado, al menos a los que han dejado constancia de ello en foros diversos, porque es imposible saber cuántos de los que se la han comprado la han leído.

No tengo nada contra los bestsellers en general (como en casi todo, los hay buenos, regulares y las sombras esas malos), pero sí me escaman los elogios unánimes, sobre todo cuando esos elogios se usan como armas contra otra cosa (ya sabéis, esa gente que defiende algo que le gusta atacando otro algo más o menos relacionado).

En este caso, la vara de medir la calidad de La chica del tren era Perdida (Gone Girl), de Gillian Flynn. Al enésimo “La chica del tren es mucho mejor que Perdida, esto sí que es un thriller que te mantiene en vilo y además está mucho mejor escrito” (o algo así), me hice con la novela de Paula Hawkins, para comprobar si es tan buena como dicen y si además es mejor que Perdida.

No lo es. Ni lo uno ni lo otro.

¿Adictiva? Sin duda, se lee en un par de tardes. Pero poco más. Ni siquiera es un auténtico thriller, sino un melodrama aderezado, aquí y allá, con violencia doméstica (su autora ha acuñado –creo que ha sido ella– el término domestic noir para englobar a esas novelas, tan de moda ahora, que combinan una dosis de suspense con otra mucho más generosa de melodrama).

Tampoco ayuda que sea imposible empatizar ni un ápice con ninguno de los personajes principales. Sin desvelar demasiado de la trama, digamos que ellas son alcohólicas / infieles / desquiciadas y ellos violentos / mentirosos. A menudo, todo a la vez.

El estilo es correcto, sin alharacas, aunque el cambio de narradores, de voces, apenas se percibe. Las tres narradoras (se alternan capítulos contados en primera persona por cada una de las tres mujeres protagonistas) suenan demasiado parecidas como para ser consideradas tres personas diferentes, incluso en los fragmentos en los que la autora utiliza el enfoque narrativo múltiple y deja que dos de sus personajes relaten los mismos hechos desde sus respectivos puntos de vista (el relato de la tercera es anterior en el tiempo, anterior a los eventos que desencadenan la historia). Releyendo el párrafo anterior, puede que esa sea la idea de la autora: que todas las mujeres se cuentan sus propias peripecias, sus propias vidas, de forma muy similar.

Lo que sí consigue Hawkins es enganchar al lector para que no pueda soltar la novela hasta terminarla (de forma, eso sí, mucho más sutil que Dan Brown), en mi caso más por ver cómo acababa que porque me interesase qué les pasaba a los personajes. Y cuando la cierras, apenas queda la sombra de un recuerdo, una muy tenue que se disipa enseguida. A lo mejor la escritora sólo quiere eso, entretener durante un par de tardes a sus lectores. Si es así, ha triunfado, y no sólo económicamente.

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