Tipología de jefes

Hay personas que no tienen ningún interés en ser jefe. No quieren decirle a nadie lo que tiene que hacer, ni responsabilizarse por el trabajo de otros ni, en general, tener que aguantar a nadie. Quieren llegar, hacer su trabajo y marcharse al terminar. Y que les dejen tranquilos.

Hay otras personas que sí quieren ser jefes. Entre éstas, suelo distinguir dos tipos principales: las personas que tienen una idea de cómo creen que deberían hacerse las cosas y quieren alcanzar un puesto de poder para hacer realidad esa visión y las que quieren, sin más, ser Jefes (sí, con mayúscula). Los Jefes no suelen tener visión alguna, más allá de cómo quieren que sea su propia vida: con mejor posición, mejor sueldo, mejores y más relajados horarios, menor carga de trabajo y, sobre todo, con poder para decirles a los demás qué es lo que tienen que hacer y qué no. Porque a éstos sí les gusta mandar.

Ya dije en el artículo anterior que de El rey pálido se podían extraer unas cuantas citas relacionadas con el mundo laboral. Hoy rescato una sobre los jefes, sobre los distintos tipos de jefes, entre ellos los que actúan como se supone que deben hacerlo los que mandan o los que podríamos llamar jefes-colegas. A estos dos los englobaría en el grupo de los Jefes del que hablaba más arriba. Pero David Foster Wallace habla además de los buenos administradores, que también los hay:

Para entonces yo ya llevaba bastante tiempo en la Agencia para entender que aquella era una cualidad que tenían los buenos administradores, el hecho de caer bien. No actuar de manera que cayeran bien, sino ser de esa manera. Nadie tenía nunca la sensación de que el señor Glendenning estuviera actuando, tal como hacen los administradores con menos talento, aunque sea actuando para sí mismos, por ejemplo actuando como tiranos porque en algún lugar de su interior tienen una imagen de que un buen administrador es un tipo duro y por tanto ellos intentan contorsionar sus personalidades para hacerlas encajar en esa imagen. O bien esos otros tipos afables del estilo «mi puerta siempre está abierta» que creen que un buen administrador tiene que ser amigo de todos y por esa razón se muestran muy abiertos y amigables aun cuando las responsabilidades de su cargo requieren que impongan disciplina entre la gente o que recorten presupuestos o que rechacen peticiones o que reasignen a gente a Examen o que hagan toda una serie de cosas que no son para nada amigables. Este tipo de administrador se ponía a sí mismo en una posición terrible, porque cada vez que tenía que hacer algo por el bien de la Agencia que fuera a doler o a cabrear a algún empleado, esa acción acarreaba la carga emocional adicional que sufre un amigo cuando jode a otro amigo, y a menudo el administrador se sentía tan incómodo por aquello y por sus lealtades divididas que para poder hacerlo tenía que enfadarse personalmente —o bien hacerse el enfadado— con el empleado, lo cual provocaba que el asunto se volviera personal de una forma inapropiada y se sumaba al dolor y al resentimiento del empleado jodido, y con el paso del tiempo esto socavaba por completo la autoridad del administrador, y muy pronto todo el mundo lo consideraba un falso y alguien que te apuñalaba por la espalda, que fingía ser amigo y colega tuyo pero que en realidad estaba dispuesto a joderte siempre que le apeteciera. Resulta interesante que estos dos estilos de administrador falso —el tirano y el falso amigo— sean también los dos estereotipos principales que usan los libros y las series de televisión y las viñetas cómicas para presentar a los administradores. Uno sospecha, de hecho, que la imagen mental que erige dentro de sí mismo el administrador inseguro se basa en parte en estos estereotipos de la cultura popular.

En otras palabras, el señor Glendenning podía escucharte porque no sufría esa creencia insegura de que escucharte y tomarte en serio era algo que lo vinculaba de ninguna manera, mientras que alguien esclavo de la imagen del tirano te trataría como a un ser indigno de su atención, y alguien esclavo de la imagen del colega sentiría que o bien estaba obligado a aceptar tu sugerencia para evitar ofenderte o bien tenía que darte una explicación exhaustiva de por qué tu sugerencia no se podía implantar o tal vez incluso entrar en alguna clase de debate sobre la misma, a fin de evitar ofenderte o quebrantar la idea de que él era de esos administradores que nunca tratarían la sugerencia de un subordinado como algo indigno de ser considerado en serio; o bien tendría que enfadarse a fin de anestesiar su incomodidad por no aceptar de buen grado la sugerencia que le había hecho alguien que él se sentía obligado a ver como un amigo y como un igual en todos los sentidos.

Seguro que os resulta familiar más de un detalle, como también esa necesidad que tienen los Jefes de, entre café y café, reunión y reunión y escaqueo y escaqueo, marcar territorio. Puede ser con un reproche (o bronca) absurdo (e incluso desproporcionado) o con una idea también absurda que a él le parece digna de un Premio Nobel.

Por supuesto, salvo que uno quiera también ser Jefe (en cuyo caso deberá aplaudir con entusiasmo la estupidez) o que lo despidan, debe guardarse su opinión sobre la ocurrencia. Y eso no siempre es fácil. En casos extremos a mí me reconforta acordarme de esta secuencia de Sherlock. Puede que a vosotros también os ayude:

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