Libros vs ebooks: ‘La broma infinita’

Me gustan los libros. No sólo leerlos, sino también comprarlos. Desde pequeña, no hay una sola librería, centro comercial o puesto playero (los había a patadas donde pasábamos los veranos) donde no me haya parado a curiosear y probablemente a comprar, y todavía ahora, cuando viajo, suelo pasar mucho tiempo en librerías y bibliotecas, como hice en Nueva York, y casi siempre traigo unos cuantos libros nuevos conmigo, como ocurrió el año pasado en California.

Y como es de imaginar, tengo muchos libros, desde coleccionables a volúmenes del siglo XVII, pasando por ediciones de saldo, libros de segunda mano, ediciones especiales ilustradas, tochos inmanejables y, claro, también muchos normales.

Pero en los últimos años mis compras han disminuido, fruto de una combinación de factores económicos y espaciales. No ha sido una decisión consciente, simplemente ha ocurrido. Cada vez tengo menos sitio en casa y las obligaciones cotidianas, a las que se une la abultada cantidad económica que cada año dono a la editorial UNED, hacen que mis compras de libros sean cada vez más selectivas, reduciéndose en muchas ocasiones a volúmenes que realmente quiero tener.

Y luego está el factor ebook.

Hace unos años, si querías leer cualquier libro del que sabías que jamás volverías a acordarte una vez terminado sólo tenías dos opciones: comprarlo o ir a buscarlo a una biblioteca (opción que no he practicado demasiado porque en la de la ciudad en la que vivía casi nunca tenían lo que buscaba). Ahora, bastan un par de clics (y puede que algún paso por Calibre), y sin tener que desplazarte, para tenerlo.

Siempre seré una gran defensora de los libros físicos, pero eso no es óbice para que reconozca que los ebooks ofrecen ventajas (como el espacio que requiere su almacenamiento o lo cómodo que es transportar un dispositivo con todo lo que tienes frente a pesadas -y en mi caso abundantes- cajas) contra las que el libro físico no puede competir.

En ciertas ocasiones, además, la ventaja del ebook frente al libro ni siquiera tiene que ver con esos aspectos secundarios, sino con la principal función para la que está concebida una obra escrita: su lectura.

El mejor ejemplo que se me ocurre para demostrar que a veces (muchas veces, de hecho) es mucho más cómodo leer un ebook que un libro es La broma infinita.
La broma infinita / Infinite Jest
Aunque su obra de debut fue una novela, The broom of the system (no editada en español), y tras su muerte se ha publicado El rey pálido, otra que dejó a medias, La broma infinita es la gran novela de David Foster Wallace, su forma de demostrar que era algo más que un escritor de relatos y ensayos (eso le achacaban sus críticos, como si sus relatos y sus ensayos no fuesen piezas maestras; para algunos si no escribes tochos no eres nadie) y de paso su contribución a esa búsqueda en pos de la gran novela americana que casi todos los grandes escritores de EEUU han emprendido, con mayor o menor fortuna.

Si alguien espera un sesudo análisis sobre la novela, siento decepcionarlo. No me la he leído. Lo he intentado en dos ocasiones y en ninguna de ellas he logrado pasar de la página 200. ¿Por qué? Porque leerla es una tortura. No intelectual, sino física.

La edición en español tiene unas mil doscientas páginas, lo que, si le sumamos su tapa dura, da como resultado un peso considerable. No soy muy buena con los pesos y medidas en general, pero sus dos kilillos no hay quien se los quite. Ya sé que no es el libro más largo ni más pesado que existe, algo que comprobaría unos años después con la Norton Anthology of English Literature (cualquiera de sus dos volúmenes), pero esta última la uso para estudiar, por lo que normalmente la apoyo en una mesa y no en mi regazo antes de dormir, ni tampoco tengo que ir meneándola de atrás adelante para leer sus tropecientas notas.

Porque ése es el principal problema de La broma infinita, las notas, que no están a pie de página, sino todas juntas al final, lo que hace que, como digo, haya que estar dándole la vuelta al libro cada dos por tres. Por si no estáis familiarizados con los libros electrónicos, especialmente con los epub, que es el formato que uso principalmente, si estás leyendo y te encuentras una nota, al pulsarla el lector te lleva directamente a la nota en cuestión, esté al pie o al final. Cuando la has leído, no tienes más que darle a otro botón para volver al punto exacto en el que estabas. Sí, todo con un dedo. Mucho más cómodo, ¿verdad?

La broma infinita lleva casi diez años en el mercado español (sí, sigue costando lo que entonces, 30 euros), y hasta hace unos días (este artículo lleva tanto tiempo en borradores que a Mondadori le ha dado tiempo de actualizar el catálogo…) no han aparecido ni la edición en bolsillo (el concepto bolsillo aplicado a tochos de este calibre siempre me ha hecho gracia) ni la electrónica, que tiene, además, un precio razonable. Diez euros que pagaré gustosa si no encuentro métodos alternativos, por mucho que ya tenga la novela. A ver si las editoriales terminan de ponerse las pilas, porque a muchos, aparte de comprar libros impresos, nos gusta leerlos, y de la manera más cómoda posible. Ayudénnos o tendremos que buscar a alguien que lo haga. Pero luego no lloriqueen. Han tenido su oportunidad.

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8 comentarios sobre “Libros vs ebooks: ‘La broma infinita’

  1. Ya puedes encontrar el libro en formato bolsillo. Yo lo compré justo ayer, aunque no iba buscandolo porque pensaba igual que tú, que ese libro no lo iban a sacar en bolsillo.

    Aunque sigue siendo un tocho de más de 1200 páginas en tapa blanda. Y vale 15 euros.

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  2. Yo te garantizo que leo muchísimo más (realmente antes casi no leía). Los ebook me han salvado la vida. Uso iBooks en iPhone, el tamaño es perfecto para leer en las colas de las cajas, médicos, en el trabajo a escondidas…

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  3. He pasado por caja no una, sino dos veces (los dos libros de la foto son míos), así que creo que ya he contribuido con los herederos del señor Wallace, jeje. Muchas gracias por pasar por aquí y por la recomendación. Un saludo.

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