La realidad y el deseo

Para unos es cuando acabas los estudios y empiezas a trabajar. Para otros, cuando te vas de casa de tus padres, solo o acompañado, y hay quien dice que no es hasta que tienes hijos cuando se puede decir que has crecido, que ya eres mayor. Al igual que no creo en las fronteras impuestas por el calendario (que cada 1 de enero empiece un nuevo ciclo, por ejemplo), tampoco creo que los 18 años marquen la mayoría de edad ni que la edad adulta empiece en el momento en que sacas tu última caja de libros de casa de tus padres para llevártela a la tuya. Como casi todo, pienso que es más bien un proceso en el que, entre otras cosas, los sueños van cediendo progresivamente terreno ante la realidad.

De esa lucha entre los sueños y la realidad, de la madurez y de personas empeñadas en no ser como los demás, trata Revolutionary Road, una novela de Richard Yates llevada al cine (en una adaptación bastante fiel) hace unos meses por Sam Mendes. Aunque no era candidata a los premios de la Academia de Hollywood (Kate Winslet sí se llevó un Globo de Oro a la Mejor Actriz Dramática por su papel en ella), Revolutionary Road formaba inicialmente parte de mi semana de los Oscar, pero me compré la novela y la aparqué hasta que terminé de leerla.

Leonardo DiCaprio y Kate Winslet son Frank y April Wheeler, dos jóvenes estadounidenses de los años 50, idealistas y con grandes proyectos vitales a los que un inesperado embarazo arroja de pronto a las zarpas de la realidad. Frank y April se casan, tienen a su hijo, luego a otro, y se mudan a una casita en las afueras de Nueva York. April deja a un lado su sueño de dedicarse a la interpretación y Frank los suyos, principalmente el de no repetir los pasos de su padre (acaba trabajando en la misma empresa que él).

Sin embargo, Frank y April no son como las demás familias que viven en su vecindario, ni ella es una ama de casa más, ni él uno de tantos miles de oficinistas que se hacinan a diario en los trenes de camino a su cubículo en Manhattan. Ellos son especiales, mejores que los demás, superiores. O eso creen. En realidad no son tan diferentes, por mucho que se empeñen en serlo, en mirar por encima del hombro la vulgaridad que les rodea. Un día deciden escapar de todo eso y huir a París, con sus niños y sus sueños para ser quienes siempre han querido realmente ser, aunque ninguno de los dos tenga muy claro quién quiere ser.

Aunque nunca llegarán a hacer ese viaje (no daré más detalles), el tiempo en que sí iban a marcharse, en el que planean cómo abandonar su vida, es el único periodo en toda la historia (aparte de la época en la que se conocieron y enamoraron) en el que se les ve vivos, más que meros espectros, lo que da una idea de lo poco que les gusta su vida real, por más que ninguno de los dos haga nada por cambiarla (irse a París no es un cambio, es una fuga).

Luis Cernuda escribió hace ya muchos años sobre el conflicto entre La realidad y el deseo, y en él viven los Wheeler, pero no sólo ellos, también muchos eternos adolescentes (algunos de ellos padres de familia, como se suele decir) obsesionados con vivir al día y disfrutar (o al menos lo que ellos entienden por disfrutar) al máximo, como si no existiese un mañana. Pero existe un mañana, y un pasado mañana, y saberlo, ser consciente de ello, no es una renuncia, ni conformismo, sino mera adaptación. No creo que haya que olvidar los sueños, sino sólo saber distinguir los que son posibles de los que no lo son. Tampoco creo que vivir en la realidad suponga una derrota. Al menos no tiene por qué serlo.

PD (I): Iba a enlazar aquí el post que sobre la película escribió Petit et Perdu en La Casa de Nieve, pero por ahora (espero que sea sólo por ahora) ha cerrado sus puertas, aún no sabe si para reformarla o para mudarse a otro lugar, así que me permito pegar aquí parte del texto en cuestión, rescatado del Reader (espero que no le importe).

Simplemente, la historia me fascinó. Cruda y humana, la lenta decadencia de Frank y April, la confrontación de deseo y sentido práctico -o pacato-, de expectativa y realidad, explican la falsedad que se oculta en el juego previo de la seducción –“Eres la persona más prometedora que he conocido nunca”-, de la que nos dejamos llevar. Lejos de ser meros adjetivos llevados a la pantalla, cada personaje está lleno de matices que forman una identidad consecuente, que puede entenderse dentro de un razonamiento desesperado. Su propio conflicto interno –aceptar su realidad, asumirla como una suerte de pax personal y renunciar a lo que ya fue imposible-, lentamente, se inocula en su relación, en el matrimonio de Frank y April. Esa historia dramática, ese antisueño americano, no es más que el punto de inflexión que todos, necesariamente, cruzaremos en algún momento de nuestra existencia. Ese día en la que nuestros sueños, aspiraciones o deseos se convierten en imposibles. Esa hora en la que no queda más que valorar qué hemos hecho, qué tenemos, y acompasar nuestra existencia a ese bagaje. Ese momento en el que no queda más que decir adiós a lo que quisimos ser y ser consecuentes con lo que somos”.

PD (II): Hay una especie de plegaria que he visto en multitud de series y películas y que hasta ahora no sabía de dónde procedía. Su autor es el teólogo norteamericano Reinhold Niebuhr y tiene bastante que ver con algunas de las cosas de las que hablo más arriba:

Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y sabiduría para poder diferenciarlas”.

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7 comentarios sobre “La realidad y el deseo

  1. Los sueños son una ilusión, por mucho que deseemos algo como nuestro sueño de toda la vida, siempre habrá un paso más que queramos dar. Somos seres insatisfechos con todo lo que tenemos. Por eso, como bien dices, no hay nada de malo en vivir la realidad, porque en el momento en que alcances tu sueño, esa será tu realidad, y entonces desearás algo más y volverá la frustación. Antes nunca pensaba que las cosas pasaban por algo, pero poco a poco lo voy pensando… Lo único que tenemos que hacer es disfrutar lo que tenemos y aprovechar las oportunidades que se nos presenten. Quién sabe si son nuestro destino jeje.

    Por cierto, ¡¡me alegra saber que no soy el único que ve idiota esa costumbre ancestral de ponerle principio y final al círculo de los meses!! ¿Por qué año nuevo tiene que ser el 31 de diciembre? ¿Qué es lo que cambia? ¡Absolutamente nada! Jaja.

    Saludos!

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  2. Exacto. Yo no digo que haya que dejar de soñar (los sueños son necesarios para vivir y seguir adelante con un mínimo de cordura), pero sí que aferrarse demasiado a ellos y obcecarse con 'nuestro mundo ideal' o 'nuestra vida ideal' puede hacernos perder muchas oportunidades, como dices, y también las pequeñas maravillas de la vida cotidiana. El ser humano siempre será un eterno insatisfecho, pero también debe, como apuntas, saber disfrutar lo que tiene.

    No cambia nada. El cambio de año y de calendario es absolutamente artificial. Yo considero un cambio de ciclo más natural el verano, será por reminiscencias estudiantiles o por mi enganche a las series, jeje 😛

    Saludos 😀

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  3. Me han entrado muchas ganas de verla, al igual que a drea.
    Yo creo que nunca hay que dejar de soñar, pero sí hay que saber o intentar distinguir unos sueños de otros o por lo menos ir cambiando esos sueños, porque hay algunos que no se hacen nunca realidad, pero eso no quiere decir que sean los mejores y hacer frente a la vida y disfrutar de lo que tenemos y explotarlo, no es comodidad es soñar despierto.

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  4. Tienes toda la razón, Gargon. Se trata justo de eso, de poner cada cosa en su sitio, por decirlo de algún modo, y distinguir lo que podemos de lo que no podemos conseguir (para no frustrarnos innecesariamente). Pero nunca hay que dejar de soñar, aunque sea despierto 😉

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