EBE 08 – Día 1: FAIL!

[Que conste que el Fail es totalmente nuestro y no tiene nada que ver con el Evento Blog itself, así que si alguien ha llegado aquí buscando una rajada contra el EBE, siento decepcionarle]

Como todos los días desastrosos, este comenzó temprano (además hacía frío, pero es lo que tiene noviembre, que suele hacer frío, incluso en Sevilla e incluso en estos tiempos de cambio climático, calentamiento global y demás). Por motivos ajenos a nuestra voluntad y que, curiosamente, nada tenían que ver con los que mencioné ayer y que a punto han estado de frustrar nuestra asistencia este año al Evento Blog, aunque también estaba relacionado con la salud de un miembro de mi familia (uno muy querido del que hablaré algún día tan largo y tendido como merece, que es mucho), emprendimos un viaje relámpago a la tierra de mis ancestros (que queda más poético que decir simplemente Córdoba).

La idea era irnos por la mañana y regresar después de comer para intentar asistir a alguno de los actos programados para la primera jornada del EBE. Pero, como se puede intuir por el título de este texto, la cosa no fue tan fácil. Salimos después de comer, sí, pero mucho después, en parte porque perdimos la noción del tiempo y en parte porque en realidad no me apetecía volver.

Pero volvimos y, por supuesto, tardamos una eternidad porque encontramos un bonito atasco en la entrada a Sevilla (que fuese viernes por la tarde no es una excusa, porque allí siempre hay lío). Pese a los atascos y a los tontos (dícese de esos individuos e individuas, que también las hay, que se ponen al volante a pesar de su miedo al acelerador y a los intermitentes, dos elementos que contribuyen a hacer la circulación más fluida y segura), llegamos a casa, hechos polvo por un día tan largo y con muy pocas ganas, la verdad, de coger los bártulos y plantarnos en el EBE.

Unos cuantos “¿tú qué quieres hacer?” y “a mí me da igual, como quieras tú” después, metí mi pequeño ordenador en su bolsita (regalo de mi cónyuge) y ésta a su vez en mi macrobolso (el que uso en realidad todos los días para ir a trabajar). Casi literalmente a la vuelta de la esquina (no habíamos salido aún del pueblo, y Gelves no es precisamente Manhattan), mi marido decidió cambiar de opinión. Ya no le apetecía ir al EBE. Y volvimos a casa. Con el pijama, las zapatillas y la bata puestas, y cuando ya llevaba un ratito en el sofá tonteando con el ordenador, se me queda mirando y me pregunta: “¿Tú te enfadas si te digo ahora que quiero ir?”. Y aquí viene una pausa dramática en la que la aludida, yo, pensó detenidamente la respuesta, y tras descartar las diez o quince primeras que se me pasaron por la cabeza, todas ellas ofensivas, terminé diciendo: “No”.

Y me volví a vestir, volví a meter el ordenador en su funda y ésta de nuevo en el bolso y me volví a subir al coche. Al doblar la primera esquina contuve la respiración, por si era otra salida en falso, pero no, no dijo nada. Y a las 22.00 llegamos al EBE, cuyo programa anunciaba para las 21.00 un sarao titulado Conexión EBE con, entre otras cosas, sorteos (creo que eso fue lo que llevó a mi marido a ponerse de nuevo los pantalones, la posibilidad de volver a triunfar). Pero allí, aparte de algunos miembros de la organización, un par de ejemplares de homo pululansis y alguien a quien no me apeteció saludar (y a quien no saludé), allí no había nadie.

Mientras en mi interior germinaba algo a medio camino entre la desolación y la ira, él preguntó a alguien de la organización dónde estaba el sarao. Habría sarao, pero más tarde, nos dijo, así que pensamos que lo mejor era cenar algo. El puesto de refrigerios que el hotel había habilitado para nutrir a los hambrientos asistentes al EBE quedó rápidamente descartado cuando comprobamos el precio de los bocatas a la venta: 15 eurazos la pieza. “Pero incluyen bebida”, nos dijo el camarero. Y yo pensé que por ese precio deberían incluir algo más, como un masaje o servicios sexuales (sí, mi mente funciona de una forma extraña).

Y nos volvimos a meter en el coche en busca de avituallamiento, rumbo al Opencor de la Ronda de Capuchinos. Primer error. No había sandwiches ni nada para comer que no necesitase una elaboración a la que no estábamos dispuestos, así que nos fuimos hacia el Burger King que hay justo al lado. Segundo error. Allí había una cola kilométrica que, teniendo en cuenta que dicho establecimiento de comida rápida nunca se ha caracterizado por su rapidez, podía tenernos esperando hasta que nuestro hijo no nato, ni concebido, se hubiese emancipado.

La desolación y la ira, a las que se añadió en ese momento el hambre, seguían creciendo, y sin mucha fe ni apenas esperanza cruzamos la calle y entramos en el bar de enfrente, en busca de cualquier cosa que echarnos a la boca. Tras un semifail (queríamos un montadito de lo único que no había, carne mechada), pudimos cenar: montaditos de pollo y tortilla de patatas enriquecida con taquitos de jamón. Todo riquísimo y todo (bebidas incluidas) por 10,80 euros.

Y otra vez al coche y otra vez al EBE. Había más gente y sobre el escenario algo de actividad (que incluía al tipo al que no quise saludar, que casualmente -y juro que fue una casualidad- subió a hablar justo cuando fui al baño. Y allí nos plantamos. Vimos varios vídeos, asistimos a la emisión de un podcast de Kafelog y a los sorteos, en los que, por supuesto, no nos tocó nada. Entre una cosa y la otra llegamos a casa a las dos de la mañana. Puede que eso explique por qué tenemos tantísimo sueño.

3 comentarios sobre “EBE 08 – Día 1: FAIL!

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