Un día con Junior

(Iba a ser sólo una tarde, pero nunca salen las cosas como uno lo planea).

Era un día importante (no, no hablo de San Eustaquio, para eso aún queda mucho), clave, crucial, el del reencuentro con Indiana Jones, un héroe, un mito, un icono al que venero desde pequeña (bueno, desde que era más pequeña que ahora, porque como dice mi futuro cónyuge, yo nunca he sido pequeña). Durante varios (bastantes) días he sido presa de una ansiedad que yo achacaba a motivos laborales (relacionados también con el arqueólogo, como el especial o los reportajes que ya comenté, todo ello hecho en mi escaso tiempo libre) pero que seguían ahí una vez aliviada del ajetreo profesional, por lo que el culpable de tanto nervio no era otro que el doctor Jones.

Pese a toda esta angustia, anoche al fin estaba más calmada, al menos dentro de lo que cabe, y lo estuve hasta que mi futuro cónyuge trazó nuestro plan para el día de hoy: estar en el cine antes de las doce de la mañana. Me parecía algo exagerado, teniendo en cuenta que teníamos entradas para las cinco de la tarde, y entonces él me espetó que debería haber sido yo quien propusiese tan, a priori, descabellado plan, porque nunca se sabe qué puede pasar (un pequeño inciso: aunque a los dos nos gusta tanto Indy como Star Wars, a él le tiran más los sables láser y a mí los látigos, uno en concreto). Y claro, me volví a poner histérica.

Esta mañana nos hemos levantado pronto (anoche llegamos del trabajo después de la una de la mañana, así que no hemos dormido mucho) y hemos llegado al cine poco después de las once y media. Antes de entrar en el parking del centro comercial, mi acompañante ha apuntado: “Sube gente para el cine”. Y yo he respondido, tan tranquila: “Hoy es fiesta en Sevilla, así que habrá sesión matinal”. En la última sílaba me he dado cuenta de la tragedia. Pese a que la compra por Internet y la chica que nos vendió las entradas en la taquilla el 1 de mayo indicaban que la de las cinco (para la que teníamos localidades) era la primera sesión, era más que probable que hubiese un pase matinal.

Podría decir lo vertiginosos que fueron mi entrada en el parking, mi aparcamiento y la subida de las tres plantas que separan la zona de estacionamiento de los cines, pero os lo podéis imaginar. Hemos subido, hemos comprado las entradas y nos hemos metido en la sala a velocidad de vértigo. A pesar de que no estaban numeradas, nos hemos sentado donde solemos hacerlo y hasta nos ha dado tiempo a ir al baño antes de que las luces se apagasen y saliese en pantalla (después de un anuncio inenarrablemente cursi, ñoño y horrible sobre un sitio en la quinta puñeta para celebrar bodas) el logotipo de Lucasfilm.

Mañana haré una reseña completa de la película, pero os adelanto que no sólo no me he cortado las venas ni he pillado un avión para suicidar a Lucas y Spielberg (a Harrison Ford no, porque se me ocurren otras cosas mejores que hacer con él), sino que la hemos vuelto a ver a las cinco (y no porque ya tuviésemos las entradas compradas) y nos queda alguna vez más (en versión original; las dos de hoy, una digital y otra normal, han sido dobladas).

Y termino ya por hoy con un encendido reproche a Nervión Plaza (el cine en cuestión), que al parecer no entiende el concepto primer pase, porque si había sesiones a las doce (cuatro o cinco salas), a las cuatro, cuatro y cuarto y cuatro y media, está claro que la de las cinco no era ni de lejos la primera, algo que expresamente pedí en la taquilla cuando compré las puñeteras entradas hace tres semanas. Mal, muy mal.

2 comentarios sobre “Un día con Junior

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