Un cóctel perfecto

Una dosis de política, otra de drama, una pizca de humor y un poco, lo justo, de reflexión. Si seguimos la receta del inmenso Aaron Sorkin, añadimos a la mezcla a tres actores estupendos (Tom Hanks, Julia Roberts y Philip Seymour Hoffman) y escogemos un barman como Mike Nichols, tendremos como resultado La guerra de Charlie Wilson.

La película se basa en la historia real de un congresista texano (Charlie Wilson), amante de las mujeres y el whisky al que su tenacidad y el apoyo de una millonaria también texana y de un oscuro pero sagaz agente de la CIA llevan a contribuir decisivamente en la derrota de los soviéticos en el Afganistán de los años 80. Entre jacuzzi y jacuzzi con stripers de Las Vegas, fiestas y recepciones varias aderezadas con algún que otro revolcón con su rica amiga, Wilson ideó un plan que involucró a paquistaníes, egipcios, saudíes e israelíes y proporcionó fondos casi ilimitados a los muyahidines afganos para plantar cara al ejército ruso que durante años masacró a su pueblo.

Para alcanzar su objetivo, Wilson tuvo que derribar la resistencia de líderes, políticos y hasta embajadores poco proclives a intervenir en un suceso que podría caldear la Guerra Fría y cuyo riesgo ninguno estaba dispuesto a asumir. Pero lo hizo. Con una red de alianzas y pactos secretos desde Washington a Oriente Próximo, el congresista llevó a los afganos el armamento que necesitaban para derribar los helicópteros y los carros de combate enemigos. Lamentablemente no pudo terminar el trabajo. Cuando los soviéticos se retiraron, el Congreso cerró el grifo y se negó a enviar dinero al país para reconstruir todo lo que se había perdido, que fue mucho. Y todos sabemos lo que pasó después en Afganistán.

Alguno pensará que de este material es imposible sacar algo que no sea un documental, pero obviamente no conocen a Sorkin (recordemos, para los despistados, que es el padre de El ala oeste).

Aunque la dirección es impecable, la mayor baza del filme es su guión (incomprensiblemente olvidado por la Academia de Hollywood, al igual que la película, que sólo ha arañado una nominación a los Oscar para Philip Seymour Hoffman), tan brillante como los mejores episodios de El ala oeste (la secuencia en la que el protagonista habla a la vez, pero por tiempos, con su equipo -una colección de bellezas a las que el congresista llamaba, como era de esperar, los ángeles de Charlie– y con el agente al que encarna Seymour Hoffman es magnífica) e interpretado por un reparto, como se suele decir, en estado de gracia.

En la película aparecen Amy Adams, Emily Blunt o Ned Beatty, pero la gloria se la llevan los tres protagonistas, especialmente un Tom Hanks fabuloso al que no veíamos desde El código Da Vinci (y antes de eso en La terminal y en experimentos del tipo Polar Express) y que aquí compone una de sus mejores interpretaciones, la de un hombre con buen corazón encerrado en un golfo entrañable al que, pese a sus aficiones, es inevitable adorar.


P. D.:
Antes de la película, para redondear la proyección, nos pusieron este tráiler (no, no es el de Indy):

He de reconocer que la perspectiva de ver a Pierce Brosnan y, sobre todo, a Colin Firth cantando y bailando en plan petardo me subyuga. Voy a tener que ir a verla.

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