Londres

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Más allá de sus atractivos culturales, turísticos o comerciales, lo que más me llama la atención cuando viajo, especialmente si es al extranjero, son esos pequeños detalles, esas pequeñas cosas que, bien porque sean diferentes a lo que conozco y veo cada día, bien porque sean directamente insólitas, se convierten en un capítulo indispensable de cualquier relato que haga de mi viaje cuando vuelva a casa.

No sé si escribiré con detalle sobre nuestro periplo londinense, pero por lo pronto, a modo de aperitivo, me gustaría hablar de esas minucias que (por muy impresionantes que sean, que lo son, el Big Ben, el Palacio de Buckingham, la Torre de Londres o la Abadía de Westminster) no se pueden pasar por alto cuando uno habla de la capital de la Pérfida Albión.

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En ese catálogo de curiosidades están el gusto de los ingleses por las moquetas, que el metro cueste cuatro libras (seis euros), que haya que comprar el billete del autobús antes de subir en la mayoría de las líneas (en máquinas que sólo admiten el importe exacto), que haya cada tres metros un establecimiento de venta de sándwiches, bocadillos y ensaladas (y que casi todos lleven pollo), que en los pasos de peatones una leyenda pintada en el asfalto te indique (siempre) hacia dónde tienes que mirar antes de cruzar, que haya casi tantas librerías como bares de sándwiches, que en los supermercados te pregunten siempre si necesitas una bolsa (no importa que lleves un paquete de patatas o 45 artículos, en cuyo caso la respuesta es bien clara: necesitas más de una), que en todos ellos haya guardias de seguridad perfectamente trajeados, que haya casi tantos Zara como aquí (e incluso una oficina de Marina d’Or), que haya aún más españoles que tiendas de Zara, que dichos españoles entren a comprar en Zara, que el café cueste dos libras (tres euros), que las galletas, pastelitos y similares sean más grandes que mis pies (que son muy, muy grandes), que no cueste un penique entrar en el Museo Británico y en la National Gallery (hay por todas partes unas huchitas para que hagas una donación, las mismas que en otros lugares como la Torre de Londres, cuya entrada cuesta 16 libras, o la Abadía de Westminster, que vale 10), que en los hoteles (al menos en el nuestro) la alcachofa de la ducha esté empotrada en la pared y que te ofrezcan incluido en el precio un desayuno continental (tostadas, bollitos, zumo y algo parecido a café) y el desayuno inglés (huevos, bacon, etc.) sea de pago, que las farmacias no sean de concesión pública, sino cadenas privadas como Boots (en las que, aparte de una amplia gama de medicamentos al alcance de la mano -los farmacéuticos dispensan los que son con receta- hay productos de aseo, alimentación, adaptadores para los enchufes continentales, paraguas, juguetes y hasta artículos de regalo), que el tráfico sea un verdadero caos, por mucho que los coches vayan a toda pastilla (sí, hay muchos vehículos, pero muchos más hay en Roma y aquello fluye que da gusto), que a pesar de todo eso ir en bici no sea un deporte de riesgo, que Harrods (un colosal monumento a la desmesura y el exceso decorativo) sea una atracción más, en la que los turistas ganan por goleada a los verdaderos clientes (lo que quizás se explique por sus precios)…

Seguro que me dejo muchas atrás, porque una ciudad tan, tan grande da para mucho, pero ya me iré acordando. O igual no.

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4 comentarios sobre “Londres

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